A raíz de Ashtoret y Anat

A raíz de Ashtoret y Anat

Las duras descripciones de la prostitución equiparan los actos de Israel con las diosas cananeas, y están destinadas a conmocionar y disuadir.

El Señor me dijo además: "Hijo del hombre, ¿quieres, acaso, juzgar a Oholá y a Oholivá, y hacerles conocer sus abominaciones?: Porque han cometido adulterio, y hay sangre en sus manos; y con sus ídolos han cometido adulterio, y aun a sus hijos que habían dado a luz para Mí, los han hecho pasar a ellos (por en medio del fuego) para ser consumidos.

Oholá (Shomrón - la mujer secundaria que vive en su propia tienda) y Oholivá (Ierushalaim - la mujer principal, en cuya casa se encuentra mi tienda) son descritas en este capítulo con las descripciones de desnudez más duras de todas. Recuerdan a las diosas cananeas, cuyas estatuas siempre representan a una mujer desnuda y a sus pies restos de cuerpos masacrados y devorados. Las diosas egipcias, por ejemplo, están siempre vestidas con modestia. En la cultura cananea, la adicción a los deseos carnales se convirtió en éxtasis, en culto religioso, en una necesidad imperiosa. No en vano se ordenó a los hijos de Israel, al pasar a la tierra de Quenahan, deshacerse a toda costa de la cultura idólatra cananea.

Cerca de Ashkelón se encontró hace años una fosa común de ciento veinte bebés recién nacidos junto al mercado de prostitutas de la antigua Ashkelón. Esta fosa común recuerda que los deseos carnales con la mujer tienen un precio: el embarazo esperado, el parto y la crianza del niño. La forma de librarse al menos del tercer elemento del precio es matar al niño en el momento de su nacimiento y enterrarlo en secreto, pues la prostituta no fue poseída para dar a luz un hijo. Así aparecen los niños en la dura descripción de Yejezkel, como se cita arriba, así se ven los alrededores de la cruel diosa cananea. Así describe Yejezkel la dura influencia de la cultura cananea sobre Ierushalaim.

Habrá quienes se deleiten con las descripciones eróticas del profeta, así escribirá el profeta más adelante (capítulo 33, versículos 30-32):

 “Los hijos de tu pueblo hablan entre sí de ti, junto a las paredes, y a las entradas de las casas; sí, habla uno con otro, y cada uno con su compañero, diciendo: "¡Ea, vamos, y oigamos cuál sea la palabra que procede del Señor!"...Pues he aquí que eres para ellos como una canción de amores, de quien tenga hermosa voz y que toque bien; porque escuchan tus palabras, mas no las ponen por obra.

Así también entendió Jaim Hefer en su poema sobre Yejezkel sus profecías, y se entusiasmó con él en consecuencia, y lo llamó "una bomba de profeta". Sin embargo, una persona con valores se estremece ante estas descripciones, y eso es lo que pretendía el profeta.

 

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