El día de Hashem universal

El día de Hashem universal

En la visión de Tsfaniá, el Día de Hashem, el día del Señor es universal, y todos los pueblos están destinados a servir al Señor. Esta unidad en la sociedad humana fue el origen del pecado y está destinada a ser la culminación de la redención.

Es conocida la regla establecida por los Sabios de que "toda profecía que fue necesaria para las generaciones fue escrita", de lo cual se deduce que hay en las palabras de los profetas profecías que no eran de actualidad para su tiempo, sino que contienen una visión profética para el porvenir. Tal es también la visión de Tsfaniá sobre el futuro Día del Juicio. En su visión, Dios es el gobernante único y es Él quien mueve las ruedas del mundo y de la historia, sin servirse de pueblos ni reinos como ejecutores de Su voluntad. Es evidente que tal descripción solo corresponde a los tiempos futuros, al Día de Hashem, el Día del Juicio.

En las profecías sobre el Día de Hashem en el texto bíblico no hay uniformidad: hay profetas, como Yoel, que lo vieron como un día de juicio sobre los malvados de las naciones del mundo; otros lo vieron como un día de castigo sobre los malvados de Israel, como Malají; y otros lo contemplaron como un día de guerra contra Ierushalaim, guerra al término de la cual se manifestaría el reinado de Dios en el mundo. Esta diversidad en las descripciones del Día de Hashem se explica porque cada profeta mostró un aspecto distinto del cuadro general de ese Día. Nosotros, que hemos recibido las profecías de todos los profetas, tenemos derecho a construirnos una imagen global de los acontecimientos del Día de Hashem según se desprende del conjunto de la profecía.

La visión del Día de Hashem en Tsfaniá no es un día de guerra de las naciones contra Israel, sino el día del juicio de Israel y de los pueblos. Tras ese juicio en el que Dios derramará Su ira y el ardor de Su furor sobre toda la tierra, "No obstante entonces volveré a dar a los pueblos un labio puro, para que todos ellos invoquen el nombre del Señor, sirviéndoLe unánimemente" (versículo 9). Esta perspectiva universal tiene un paralelo en el texto bíblico en la profecía de Yeshaiahu, pero a diferencia de él, Tsfaniá no contempla las cosas también a través del prisma de su generación, sino que toda su mirada está dirigida al futuro; y en esta contemplación alcanza la cima, hasta el punto de que no aduce pruebas de la historia de Israel como lo hicieron los profetas que le precedieron, sino que, al contrario, exige a Israel que aprenda de la historia de los pueblos de aquella época: "Yo había destruido naciones; sus torres fueron desoladas; había devastado sus calles, de modo que nadie pasaba; sus ciudades fueron asoladas, quedando sin hombre, sin habitante. Dije pues: Tú Me temerás; recibirás la corrección" (versículos 6-7).

En la visión de la futura conversión de los pueblos, Tsfaniá alcanza la cima de la profecía, algo que halló su expresión incluso en una norma halájica establecida por los Sabios: "El que ve un lugar donde fue erradicada la idolatría dice: 'Bendito sea Quien erradicó la idolatría, y así como fue erradicada de este lugar, que sea erradicada de todos los lugares de Israel, y vuelve el corazón de sus adoradores a servirte'. Rabí Shimón ben Elazar dice: También fuera de la Tierra de Israel es preciso decir esto, porque están destinados a convertirse, como está dicho: 'Pero entonces volveré a dar a los pueblos un labio puro'" (Berajot 57b).

En esta cima está destinado a cerrarse el ciclo de la historia humana. Ya Abravanel señaló la generación de la dispersión y su pecado como trasfondo de la profecía de Tsfaniá. La diversidad de lenguas en la sociedad humana fue lo que contribuyó a la propagación de la idolatría en el mundo. Según lo relatado en la Torá, la confusión de lenguas llegó al mundo como castigo para la generación de la dispersión, pues antes “Érase toda la tierra un solo idioma y pocas palabras” (Bereshit, capítulo 11, versículo 1). Como retribución por sus actos, hizo el Señor “para que no entiendan el uno el idioma del otro” (Bereshit, capítulo 11, versículo 7), y en el futuro "volveré a dar a los pueblos un labio puro" (versículo 9). Esta unidad en la sociedad humana fue el origen del pecado y está destinada a ser la culminación de la redención. Es más, en el episodio del valle de Shinar intentó el hombre demostrar su poder independiente incluso frente al Creador: su plan era construir una torre cuya cima llegara a los cielos. Y viene el relato de la Torá a enseñarnos que el designio del Señor permanece para siempre, y el hombre no puede realizar sus planes si están en contradicción con los planes del Creador. También en el futuro será el hombre movido por el Señor que actúa: "volveré a dar a los pueblos" (versículo 9).

Editado por el equipo del sitio del Tanaj.

Extraído de “Iyunim bePirkei haMikrá” que fueron emitidos por Kol Israel.

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