Mediante la descripción de las visiones divinas que se le revelan, el profeta Zejariá grita sus mensajes y espera que de este modo, quizás, alguien le escuche.
Las visiones de Zejariá son un grito.
Es difícil transmitir mensajes de Dios sin electricidad, pantalla, radio o teléfono. Es aún más difícil convencer a los retornados a Tzión de que la presencia de Dios en la tierra depende de los actos del hombre, sin realizar algún acto milagroso que demuestre la veracidad del mensaje profético.
Zejariá intenta lograrlo (también) mediante la descripción de las visiones divinas que se le revelan. Cada visión con su mensaje particular, y juntas siete visiones que describen un cuadro completo: una realidad en la que Ierushalaim parece abandonada, tan encogida que en un instante se puede recorrer de un extremo al otro. Las personas que habitan en ella pecan y los líderes visten ropas impuras. Los utensilios del Templo no expresan presencia divina. Y en conjunto, la realidad parece pequeña y despreciable.
Mediante la visión del rollo que vuela y recorre los confines de la tierra, el profeta nos recuerda que no bastará con volver a construir el edificio físico del Templo; hay que volver también a construir el edificio en su dimensión espiritual. El juramento (¿escrito en el rollo?) sale a surcar la tierra, demostrando un uso puro y digno del Nombre de Dios. Su función es recorrer toda la tierra, observar y evaluar la situación, y arrojar fuera de la tierra, hacia la tierra de Shinar, la maldad y a quienes no deben tener lugar en Ierushalaim en el tiempo de la construcción del Templo.
Una visión extraña y desconcertante, a la que pueden darse distintas interpretaciones. Quizás precisamente de este modo logra el profeta transmitir sus mensajes; quizás así grita sus mensajes y espera que de este modo alguien le escuche.
Gentileza sitio 929