El orgullo de Egipto

El orgullo de Egipto

Dios es quien determina el destino de todos los pueblos, incluidos Egipto y su rey.

Esta profecía —pronunciada aproximadamente dos meses después de la profecía anterior y dos meses antes de la destrucción— contiene en efecto el mensaje divino al pueblo y a las naciones antes de la destrucción.

La acusación central contra Egipto es el pecado del orgullo frente a Dios. Los reyes de Egipto se atribuyeron a sí mismos su éxito, se enaltecieron y se enorgullecieron de él, e incluso despreciaron al Dios de Israel (capítulo 31, versículo 2). El orgullo del rey egipcio tiene su origen en sus éxitos políticos. El núcleo de esta profecía está dirigido al rey de Egipto (el Faraón Jofra, de la dinastía XXVI de Egipto y según el libro Irmiahu, contemporáneo de Tzidkiahu, el rey de Iehudá) quien en este período invirtió grandes esfuerzos en erradicar el dominio de Bavel, Babilonia en la región. Este fue el período de tiempo en el que Egipto esperaba convertirse en una superpotencia regional. Las profecías de Yejezkel cierran definitivamente esta posibilidad, no solo en el plano terrenal sino también en el plano divino; de ahora en adelante, como en el pasado, Egipto está destinado a ser solo: 'un reino humilde' y no un imperio.

Aunque los acontecimientos que afectan al pueblo de Israel y su tierra arrastran consigo el orgullo de los reyes y los otros dioses, su orgullo es temporal y su fin es descender al Sheol. Por ello, Yejezkel enfatiza el dominio de Dios —incluso en el momento en que el Templo es destruido y el pueblo de Israel es exiliado— Dios es quien determina el destino de todos los pueblos, incluidos Egipto y su rey.

Editado por el equipo del sitio del Tanaj

Cortesía sitio VBM de la Academia Rabínica “Har Etzion”.

Volver al capítulo
x