Frente a esos arrogantes, acumuladores de riqueza, imitadores de los gentiles, también existen los buenos: los humildes de la tierra. El profeta Tsfaniá contempla con visión espiritual que aún vendrán días en que prevalecerá la influencia del bien, en que pesará más la parte buena del pueblo de Israel y se corregirá lo torcido. Y esa corrección estará vinculada con la destrucción de la tierra de los pelishtim, los filisteos.
En el capítulo 2, versículo 3, dice el profeta Tsfaniá: “Busquen al Señor, todos los humildes de la tierra, los que han obrado según Su juicio; busquen justicia, busquen humildad, puede ser que se pongan a cubierto en el día de la ira del Señor”. Es decir, en contraste con quienes se mencionan en el capítulo 1 —los que saltan sobre el umbral y dicen que el Señor no hará bien ni mal, la nación que no anhela— también existen los buenos, los humildes de la tierra, que poseen valores de justicia y rectitud.
En el capítulo 3, versículo 11, añade el profeta: "En aquel día no serás abochornada a causa de todas tus obras, con las cuales te rebelaste contra Mí; porque entonces habré quitado de en medio de ti tus orgullosos fanfarrones; y no volverás a ensoberbecerte en Mi santo monte". “Los que se regocijan en tu soberbia": es decir, esos arrogantes y fanfarrones, carentes de valores, acumuladores de riquezas, imitadores de los gentiles —a todos ellos los apartará el Señor—, "y no volverás a ensoberbecerte más." Y en los versículos 12 y 13 se dice: "Y Yo dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, y ellos hallarán refugio en el Nombre del Señor. El resto de Israel no hará iniquidad ,ni hablará mentira, ni será hallada en su boca una lengua engañosa; pues ellos se apacentarán y sestearán, y no habrá quien (los) espante".
Este es el contraste. Esos humildes de la tierra —los pobres que no acumulan riquezas, que no imitan a los extranjeros, que no saltan sobre el umbral, que no visten ropas extranjeras— no son la nación que no anhela (capítulo 1), sino la nación que sí anhela, la que tiene fe.
La tierra de los pelishtim, y especialmente Ashkelón, es el ejemplo más claro de la cultura predominante en aquellos días: la cultura de "los que se regocijan en la soberbia" y de los que acumulan bienes, plata y oro, que viven una vida fácil y siguen la moda. Esa tierra de los pelishtim se convertirá en heredad para el remanente de la casa de Iehudá. "Y la costa del mar vendrá a ser lugar de pasturaje, con pozos para pastores, y apriscos de ganado menor (ovejas). Y será la costa para el resto de la casa de Iehudá; allí apacentarán (sus rebaños); en las casas de Ashkelón se acostarán de noche; porque los visitará el Señor su Dios, y hará tornar su cautiverio" (versículos 6-7).
Esa tierra de los pelishtim será heredad para pastores, labradores, hombres de trabajo y de esfuerzo. Esos son los hombres sobre quienes profetizó en el capítulo 3: "Y Yo dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, y ellos hallarán refugio en el Nombre del Señor. El resto de Israel no hará iniquidad, ni hablará mentira (capítulo 3, versículos 12-13).
Tsfaniá está profundamente arraigado en la realidad de la época de Menashé y la que le siguió. Vio los defectos y las carencias resultantes del enriquecimiento, la disipación y la vida sin valores de la nación que no anhela. Profetizó que cuando prevalezca la influencia del bien y pese más la parte buena del pueblo de Israel —la de esos humildes de la tierra—, entonces se corregirá lo torcido, y esa corrección estará vinculada con la destrucción de la tierra de los pelishtim. Esta tierra —tierra de disipación y liviandad— pasará a manos de Iehudá. Y en la propia Iehudá prevalecerá la fuerza de esos hombres de justicia que no dirán mentira.
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