Con el fin de la profecía, existe un gran temor de corrupción del pueblo, pero también hay una promesa de que el vínculo entre Israel y Dios jamás será cortado.
La profecía de Malají en el capítulo 3 clausura los libros proféticos, y por ello debemos considerarla como referida a un amplio conjunto histórico y como una orientación general para las generaciones venideras que carecerán de la voz profética.
El profeta describe un clima espiritual de corrupción moral y religiosa, que se manifiesta en el avasallamiento del débil, la explotación de los desventurados por parte de los poderosos, el colapso del sistema judicial en la sociedad, todo ello en una actitud de indiferencia hacia el Santo, bendito sea, como si no existiera ni velara sobre la creación. El fenómeno del egoísmo y el hedonismo de las élites económicas y sociales es el que subyace a esta dura realidad.
La imagen que emerge de la profecía recuerda mucho a los capítulos finales de la Torá. También Moshé Rabenu, al situarse en el umbral del cierre de la Torá, describe una realidad similar de hedonismo e indiferencia hacia el Señor. Tanto Moshé como Malají temen el olvido del Santo, bendito sea, la adoración del placer y del hombre, y la explotación de los débiles con ese propósito, a raíz de la retirada de su profecía. Así como el abandono del escenario histórico por parte de Moshé y la interrupción del nivel profético que acompañó a su liderazgo engendrarán estos fenómenos, así también Malají advierte contra los fenómenos que acompañarán al cierre de la profecía en general. Ya sea por una caída en la tensión espiritual como reacción a la retirada de la profecía, ya sea porque la naturaleza humana en sí misma dictamina el temor ante este tipo de conducta que inevitablemente llegará, el profeta está obligado a advertir contra los males espirituales que encontrarán a Israel en los últimos tiempos. Moshé lo declaró explícitamente:
“Pues yo sé -después de mi muerte- que dañar van a dañar, y se van a desviar del camino que yo les había encomendado a ustedes. Les acontecerá a ustedes el mal, en la postrimería de los días, ya que habrían hecho lo malo a ojos de Hashem, para enfurecerLo, con la obra de vuestras manos” (Devarim, capítulo 31, versículo 29)
Y esta es la postura que subyace a las palabras de Malají.
Sin embargo, esta visión pesimista no es la imagen completa, y existe una segunda dimensión en las palabras de Moshé y de Malají. Más allá de la indiferencia y el pecado en su momento, existe una relación más fundamental que vincula a Israel con su Padre celestial. Incluso en tiempos de ocultamiento del rostro divino, el vínculo más profundo entre el Santo, bendito sea, y Su pueblo continúa existiendo. "Porque Yo, el Señor, no cambio; y ustedes, hijos de Iaacov, no han sido consumidos" (versículo 6). Por un lado, esto genera el castigo y la ira, pero también la continuidad del vínculo. El Santo, bendito sea, continúa manteniendo Su relación con Israel y no lo abandona a causa del pecado.
Los versículos finales expresan cabalmente los mensajes fundamentales del judaísmo: el cumplimiento de la Torá y los preceptos, y la esperanza en la salvación, y son dirigidos al pueblo como testamento espiritual de la profecía. Los valores de "tratar con honestidad en los negocios", "aguardar la salvación" y el estudio de la Torá, que el Talmud en Shabat (31a) presenta ante el hombre como el parámetro con el que es juzgada su vida, emergen de los versículos de la profecía, pues son en verdad cardinales para llevar una vida de valores espirituales.
Editado por el equipo del sitio del Tanaj.
Cortesía sitio VBM de la Ieshivá “Har Etzion”.