Javakuk se permitió lanzar palabras hacia lo Alto, hacia Dios, luego se detuvo, bajó a lo profundo de sí mismo y prestó oído a lo que su corazón le susurraba por dentro. ¿Y qué escuchó?
En el capítulo 1, Javakuk clamó violencia al Señor y elevó palabras de reprensión penetrantes: "¿por qué, pues, contemplas a los pérfidos, y guardas silencio mientras el inicuo se traga al que es más justo que él? (capítulo 1, versículo 13).
En el capítulo 2 llega la respuesta: "A lo que me respondió el Señor, y dijo..." (versículo 2). Pero primero aparece un versículo singular, a modo de introducción: "Me pondré sobre mi puesto de guardia, me colocaré sobre la atalaya, y estaré alerta para ver qué me dirá Él, y qué responderá tocante a mi queja" (versículo 1).
Los comentaristas — más exactamente, los predicadores — identificaron la "atalaya" con un círculo, y enseguida encontraron en ello el arquetipo de Joní el del Círculo. Esto encaja con la figura que clama y exige respuesta. Mi corazón no se identifica con esa lectura, y que me perdonen los predicadores. Yo escucho en este versículo un tono completamente distinto. Escucho en "estaré alerta para ver qué me dirá Él" (versículo 1) a un existencialista que escucha su voz interior. Y "qué responderá tocante a mi queja" me lleva a "¿Cómo podré corresponder al Señor por todos Sus beneficios para conmigo?” (Tehilim, Salmos, capítulo 116, versículo 12), e incluso a los versículos optimistas del libro de Eijá, Lamentaciones: "Esto lo recapacito en mi corazón; por tanto tengo esperanza, Es de la piedad del Señor el que no hayamos perecido; por cuanto Sus compasiones no se acaban" (Eijá, capítulo 3, versículos 21-22).
Javakuk se permitió lanzar palabras hacia lo Alto, hacia Dios, luego se detuvo, bajó a lo profundo de sí mismo y prestó oído a lo que su corazón le susurraba por dentro. Y he aquí la sorpresa: después de que en el capítulo 1 clamara y el Señor no escuchara, de pronto, precisamente en un movimiento hecho enteramente de humildad, espera y escucha interior, es allí donde recibe una visión y se le pide escribirla y grabarla sobre las tablas. Una visión para las generaciones, una ley inamovible, la naturaleza del mundo.
¿Y qué hay en la visión? Mensajes que se complementan entre sí. Primero: paciencia. Las respuestas no llegan aquí y ahora, pero llegarán, tienen que llegar. No hay otra opción: "aunque tardare, aguárdala, porque de seguro vendrá, no tardará" (versículo 3).
El segundo mensaje es, en mi humilde opinión, el hallazgo sorprendente y resonante de Javakuk. Aquel cuya "alma no es recta en él" (versículo 4) no tiene verdadera paz en el mundo, no tiene vida. Vive perseguido porque sabe que al final caerá. Está destinado a caer, pues la serenidad es la porción del justo, y solo de él. Únicamente "el justo por su fe vivirá".
La realidad demuestra que todo megalómano arrogante convencido de que "junta para sí todas las naciones" (versículo 5), acaba teniendo que afrontar que de repente se levantarán los que le han de morder y él se convertirá en su despojo. La luz del sol destila la corrupción. Quien "amontona lo que no es suyo" (versículo 6), quien construye una ciudad con sangre e iniquidad, terminará viendo cómo el vacío se dispersa en el viento. El que adquiere mala ganancia para su casa convencido de que así se librará de la garra del mal, no tiene ninguna posibilidad de que eso ocurra. "La piedra clama desde el muro" (versículo 11).
"La mentira tiene patas cortas" — o como dice el proverbio árabe: la cuerda de la mentira es corta. No es posible crear ídolos mudos, hablar al leño y a la muda piedra eternamente, y esperar que el mundo compre ese engaño. Hace falta un poco de paciencia, pero ese es el resultado natural e inevitable de la realidad.
¿Y cómo ocurre todo esto? — dice Javakuk — El Señor no necesita hacer nada para que suceda; es la ley de la realidad: "El Señor, empero, está en Su santo templo: ¡guarde silencio delante de Él toda la tierra!" (versículo 20). El Señor reina sobre el mundo desde Su santo templo, y por su poder la mentira se disuelve por sí sola: "guarde silencio delante de Él". Leído así, tenemos un capítulo sumamente optimista para quien cree en la rectitud y la justicia universal grabadas como ley inamovible en el mundo. "El Creador, perfecta es Su obra... Dios de fidelidad, y no hay iniquidad" (Devarim, capítulo 32, versículo 4).
Gentileza sitio 929.