La maledicencia-en la época de Irmiahu y en nuestra generación

La maledicencia-en la época de Irmiahu y en nuestra generación

La Lashón Hará (maledicencia) actúa como una flecha lanzada con arco, que no hay forma de devolver. Así fue en la época de Irmiahu, y con mucha mayor fuerza, así es en nuestros días, en los que con un simple toque del teclado se puede enviar la flecha de la Lashón Hará de un extremo del mundo al otro.

Accedí a escribir esta breve nota a pedido del rabino Dr. Benny Lau, en memoria de mi madre, Shifra Rubinstein-Birenberg, de Bendita Memoria, quien fue una destacada enfermera de salud pública, mujer de muchas acciones y méritos, ferviente sionista pero de carácter algo pesimista, que tenía el Tanaj siempre en su cabecera. El profeta Irmiahu —su vida, sus profecías y su destino— era su favorito. Le oí decir muchas veces el último versículo del capítulo 8 y el primero del capítulo 9, que dicen así:

“¡Oh, si fuera aguas mi cabeza, y mis ojos fuente de lágrimas, para que día y noche yo llorara por los muertos de la hija de mi pueblo! ¡Ojalá tuviera en el desierto un albergue de viandantes, para que dejase a mi pueblo y me fuese de ellos; pues que todos son adúlteros, una banda de pérfidos!”

Gran parte de las profecías de Irmiahu son críticas a la sociedad judía de su tiempo. Irmiahu no fue el primero en alzar la voz contra los males de su época: recordamos al profeta Natán que reprendió al rey David sobre el caso de Uría HaJití,  el hitita mediante la parábola de la oveja del pobre (Shmuel II, capítulo 12); y a Yeshaiahu, que sermoneó a los "príncipes de Sedom, Sodoma" de Ierushalaim:
“¿Cómo se ha tornado ramera la ciudad fiel? … Tus príncipes son rebeldes y camaradas de ladrones, cada uno de ellos ama el cohecho y corre tras las dádivas” (Yeshaiahu, capítulo 1, versículos 21, 23).

Y en nuestro capítulo, Irmiahu continúa con esta línea, que aparece ya desde el comienzo del capítulo 5, pero debemos prestar atención de inmediato a que las duras descripciones de la sociedad israelita provienen, destacadamente, de la boca de Dios —del Morador de los cielos— y no sólo del profeta.

1 ¡Ojalá tuviera en el desierto un albergue de viandantes, para que dejase a mi pueblo y me fuese de ellos; pues que todos son adúlteros, una banda de pérfidos.2 Y entiesan (tensan) su lengua, como arco suyo, para (arrojar) mentiras, y no se fortalecieron en la tierra por la verdad; pues proceden de maldad en maldad, y no Me conocen a Mí, dice el Señor.3 Cuídense cada uno de su prójimo, y ninguno confíe en su hermano; porque todo hermano seguramente engañará, y todo prójimo andará chismeando.4 Engañan cada cual a su prójimo, y no dicen la verdad; han avezado su lengua a hablar mentiras; han agotado sus fuerzas con sus iniquidades.5 Tu morada está en medio del engaño; por (amar) el engaño, ellos rehúsan conocerMe a Mí, dice el Señor.6 Por tanto, así dice el Señor de los ejércitos: "He aquí que los acrisolaré, y los ensayaré; pues ¿qué otra cosa habré de hacer frente a la hija de Mi pueblo?7 Su lengua es flecha mortífera, habla engaño: con su boca habla paz a su prójimo, mas en su interior le pone acechanza.8 ¿No tengo Yo que castigarlos por estas cosas?, dice el Señor; y de una nación como ésta, ¿no ha de vengarse Mi alma?"

El final del versículo 2 ("y no me conocen a Mí, dice el Señor") y del versículo 5 ("ellos rehusaron conocerme a Mí, dice el Señor") enfatizan el origen divino de la profecía. Así también ocurre en los versículos 6 y 8: las palabras duras provienen directamente de Dios (véase también la enseñanza del rabino Iaacov Medan, quien explica que los esenios, a finales del Segundo Beit HaMikdash, el Segundo Gran Templo, buscaron cumplir las palabras de Irmiahu: “¡Ojalá tuviera en el desierto un albergue de viandantes —pero hay que recordar que estas palabras fueron dichas por Dios mismo, no por el profeta por su cuenta).

Estos versículos del capítulo 9 son una acusación severa sobre el comportamiento traicionero del pueblo:
" Cuídense cada uno de su prójimo, y ninguno confíe en su hermano; porque todo hermano seguramente engañará, y todo prójimo andará chismeando " (versículo 3);
“Engañan cada cual a su prójimo, y no dicen la verdad; han avezado su lengua a hablar mentiras; han agotado sus fuerzas con sus iniquidades " (versículo 4).

Está claro para cualquier persona sensata que una sociedad basada en la mentira, la maledicencia y el daño al prójimo no puede mantenerse —su destino es la destrucción, Dios no lo permita.

Incluso después de la destrucción, en el exilio, la situación del pueblo judío no mejoró. Véanse las duras palabras de Rabí Efraim Zalman de Luntshitz en su comentario "Kli Yakar" sobre el versículo de la reprimenda en la parashá Bejukotai (Vaikrá, capítulo 26, versículo 36):
“Pero a los remanentes de entre vosotros infundiré temor en su corazón en las tierras de sus enemigos: los perseguirá el murmullo de una hoja al viento; y huirán como se huye ante la espada y caerán sin que nadie los persiga.”

La comparación de la lengua con una flecha y un arco —"Entiesan (tensan) su lengua como su arco para mentir" (versículo 2)— se conecta con el Midrash Shojar Tov:
“La lengua se compara con una flecha: si una persona saca una espada para matar a su amigo, el amigo puede suplicarle y hacer que el asesino se arrepienta y vuelva a guardar la espada. Pero la flecha, una vez lanzada, incluso si el tirador se arrepiente, ya no puede recuperarla.”

Otro ejemplo duro es:
“… Su lengua es flecha mortífera, habla engaño: con su boca habla paz a su prójimo, mas en su interior le pone acechanza.” (versículo 7);
la acechanza, la emboscada recuerda al poema de Rabí Iehudá HaLeví en su colección Bejével Arav:
"Palabras cuya superficie es dulce pero dentro hay espinas como zarzas dentro de un panal de miel."

No es raro que nos encontremos con palabras dulces que ocultan odio. El profeta trágico está sumido en una tormenta interior por las enfermedades sociales, especialmente entre la gente de su ciudad, tal como dijo el autor de Mesilat Yesharim, Rabí Moshé Jaim Luzzatto (capítulo 4, la cualidad del cuidado):
“Y es que corrían tras sus hábitos y caminos sin detenerse un momento a examinar sus actos, y así caían en el mal sin percatarse de él.”

Ya hemos visto por qué la lengua puede actuar como una flecha lanzada con un arco. Así fue en los tiempos antiguos, en la época de Irmiahu; ¡ más aún hoy en día!, cuando con un leve toque al teclado —o incluso con un teléfono móvil— se puede enviar la flecha de la Lashón Hará de un extremo del mundo al otro. Lo que antes estaba limitado a una comunidad local, se expandió con el tiempo a la prensa, la radio y la televisión —y ahora, en la era virtual, puede llegar en segundos a todo el mundo.

En la sentencia ADN 2121/12 Fulano vs. Dra. Ilana Dayan Orbach (2014), tuve ocasión de decir al comienzo de mi opinión (una opinión minoritaria unipersonal):
“Es mejor el renombre que el óleo bueno” (Kohelet, Eclesiastés, capítulo 7, versículo 1); antiguamente, el buen nombre del hombre tenía un lugar de honor bajo el sol. Ese lugar se está reduciendo, y bajo el manto de la libertad de expresión —un valor social muy importante por sí mismo—, el honor humano, en mi opinión, se está desgastando literalmente... Priorizar la libertad de expresión por encima del buen nombre… Tenemos el deber de proteger el honor y el buen nombre de la persona no menos —y quizás más— que la libertad de expresión periodística, para que no sean pisoteados en un mundo en el que hoy más que nunca, por la fuerza de la electrónica y lo virtual, el daño por calumnias y difamación es más fácil que nunca. Incluso si mi posición queda en minoría —‘Hablaré para desahogarme (Iyov, capítulo 32, versículo 20).”

Y también se dijo allí:
“Mi posición principal, como se explicará, es que no se puede decir que, en el equilibrio entre el derecho del individuo a su buen nombre y la libertad de expresión, necesariamente deba prevalecer esta última. Al contrario, si hay lugar para establecer una prioridad entre ellas, el derecho al buen nombre debe prevalecer. En mi opinión, esta conclusión surge, entre otras cosas, también de la Ley Fundamental: Dignidad Humana y Libertad”; allí también se mencionaron fuentes del derecho judío, destacando la parábola del Jafetz Jaim (Rabí Israel Meir HaCohen de Radin), autor de los libros del Jafetz Jaim y Shmirat HaLashón*.

Expresé mi opinión, la opinión minoritaria, pero la mayoría de mis colegas amplió el alcance de la libertad de expresión, dando un papel central a los medios de comunicación y su misión, y por supuesto lo respeto, y esta es la jurisprudencia vigente en Israel. Pero ahora tenemos la humillación, el shaming, que también ha cobrado vidas - y ahora buscamos maneras de combatirlo. ¿Qué será de esto? La voz de Irmiahu resuena en mis ojos en todo esto. Su clamor no ha cesado.

Editado por el equipo del sitio del Tanaj.

Cortesía sitio 929.

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