La gloria del Señor aparentemente ya ha abandonado el Templo, y por lo tanto no le preocupa su impureza. Además, Yejezkel se horroriza al descubrir que no hay justos en la ciudad, y por lo tanto no habrá remanente.
Al comienzo del capítulo 9, Yejezkel ve a seis hombres que llegan con instrumentos destructores en sus manos desde el norte (conocido como el lugar de donde viene la calamidad). La función del escriba es marcar, mediante una señal en la frente, a aquellos que expresan dolor por las abominaciones que se cometen en la ciudad para que sean perdonados, mientras que para todos los demás se da la orden de golpearlos sin piedad. La descripción detallada y tangible ilustra que la realidad descrita no es teórica.
Este acto constituye otro elemento de la concepción de la retribución individual en Yejezkel. Incluso en una generación en la que no se puede cambiar el decreto de destrucción, la justicia divina se manifiesta en que el justo vivirá por su rectitud y solo el malvado morirá por sus pecados. Sin embargo, se enfatiza que todos los pecadores serán asesinados ("¡Al anciano, al joven, y a la doncella, y a los niños, y a las mujeres, mátenlos, hasta exterminarlos!", versículo 6).
Paralelamente a la llegada de los hombres, la gloria del Dios de Israel comienza sus desplazamientos fuera del Templo.
Posteriormente, se describe la matanza de los ancianos en los atrios del Templo. En estos versículos, la causa de la impureza del Templo es la orden del Señor de matar seres humanos en sus atrios, un acto sin precedentes en el texto bíblico. ¿Cómo ordena el Señor realizar un acto cuyo resultado es la profanación del Templo, contrariamente al mandamiento de preservar su santidad? La respuesta radica en que la Casa ya había sido profanada como resultado de las acciones del pueblo, encabezadas por la clase dirigente. La profanación del Templo por parte del Señor atestigua que ya en el sexto año del exilio de Yehoiajín, unos siete años antes de la destrucción, la gloria del Señor ya no se encuentra en él.
Yejezkel no permanece indiferente ante la visión: "Y aconteció, mientras ellos iban matando y yo quedé solo, que caí sobre mi rostro, y clamé, diciendo: "¡Ah Señor Dios! ¿Vas a destruir a todo el residuo (remanente) de Israel, derramando Tu ardiente indignación sobre Ierushalaim?" (versículo 8).
Su reacción enseña que él no ve (en la visión divina) personas que sean perdonadas porque sus frentes estén marcadas con la señal. Se puede inferir entonces que no se encontraron justos dignos de ser salvados en el momento de la destrucción.
De la reacción de Yejezkel también aprendemos sobre su implicación personal, que se expresa en la alarma que siente cuando las palabras de la profecía se materializan ante sus ojos y existe el temor de que efectivamente no quede ningún sobreviviente de los habitantes de Ierushalaim.
Editado por el equipo del sitio del Tanaj.
Cortesía sitio VBM de la Academia Rabínica Har Etzion.