No solo una adúltera

No solo una adúltera

Zejariá exige rectitud y manos limpias. Nos recuerda que Dios puede juzgar al hombre por sus actos, incluso cuando desde el punto de vista público parece inocente, por así decirlo. El rollo de las maldiciones consumirá los bienes robados y la casa que los ocultó, del mismo modo que consume a la sospechosa de adulterio desde su interior.

"Y volví a alzar mis ojos y vi, y he aquí un rollo que volaba. Y me dijo: ¿Qué ves? Y respondí: Veo un rollo que vuela; su longitud es de veinte codos y su anchura de diez codos. Entonces me dijo: Esta es la maldición que sale sobre la faz de toda la tierra; ciertamente todo el que roba será destruido según lo escrito en un lado, y todo el que jura será destruido según lo escrito en el otro lado. La haré salir, declara el Señor de los ejércitos y entrará en casa del ladrón y en casa del que jura por Mi Nombre en falso; y pasará la noche dentro de su casa y la consumirá junto con sus maderas y sus piedras." (versículos 1-4)

En la Torá (Bamidbar, capítulo 5, versículos 11-35) se establece la ley de la mujer sospechosa de adulterio (sotá), que traicionó a su marido y se entregó a otro hombre. Es propio del adulterio que se cometa en secreto, sin testigos y sin que nadie lo vea, de modo que ambos adúlteros pueden limpiarse la boca y mantenerse, en apariencia, con las manos limpias ante el público. La Torá no puede aceptar la destrucción de la vida familiar normal mediante la traición y el adulterio. Cuando el marido tiene razones (fundadas) para sospechar de su esposa y de su amante, la lleva al Templo ante el Cohen, el sacerdote. El Cohen escribe la maldición de la mujer adúltera en un rollo con la escritura propia de un rollo de la Torá y de los tefilín (filacterias), y dicha escritura incluye también el Nombre explícito de Dios como quien castiga. La mujer, que jura en el Templo en nombre de Dios que no ha cometido adulterio, debe beber las aguas en las que se han disuelto las letras del rollo junto con el Nombre explícito de Dios. Si en efecto cometió adulterio y juró falsamente en nombre de Dios, las aguas fermentan sus entrañas: "se hinchará su vientre y se desmoronará su muslo. Y aquella mujer se convertirá en imprecación en el seno de su pueblo" (Bamidbar, capítulo 5, versículo 27). Al cómplice adúltero le ocurre algo similar.

El profeta Zejariá añade a lo escrito en la Torá un proceso semejante que ocurre no solo con los adúlteros que juran en falso, sino también con el ladrón que jura en nombre de Dios que sus manos están limpias de injusticia. El rollo de las maldiciones consumirá los bienes robados y la casa que los ocultó, del mismo modo que consume a la sospechosa de adulterio desde su interior. Zejariá habla extensamente sobre la necesidad de la rectitud y la verdad en las relaciones entre las personas. En la cadena de visiones sobre la restauración de Ierushalaim que estamos estudiando, exige también la rectitud y la limpieza de manos. Nos recuerda que Dios puede juzgar al hombre por sus actos, incluso cuando desde el punto de vista público parece inocente, por así decirlo.

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