La escritura de la Meguilá (el rollo) (Versículos 1-8)
En el cuarto año de Yehoiakim, cuando Bavel, Babilonia derrotó oficialmente al Imperio Asirio, Dios ordenó a Irmiahu tomar una Meguilá de pergamino y escribir en ella todas las profecías que le habían sido dichas desde los días de Yoshiahu hasta ese momento. Irmiahu se dirigió a Baruj hijo de Neriá, el escriba, y él escribió el libro por él. Dado que Irmiahu no podía venir a la casa del Señor, ordenó a Baruj leer la Meguilá ante los oídos del pueblo "puede ser que hagan su suplicación delante del Señor, y se vuelvan cada cual de su mal camino; porque grande es la ira y la indignación que el Señor ha denunciado contra este pueblo" (versículo 7).
La lectura de la Meguilá en la Casa de Dios (Versículos 9-19)
En el quinto año de Yehoiakim, en el noveno mes (mes de Kislev), el pueblo proclamó un ayuno en Ierushalaim, y Baruj hijo de Neriá leyó el libro ante los oídos del pueblo. Algunos de los ministros del rey escucharon lo que estaba escrito en la Meguilá y se aterrorizaron. Interrogaron a Baruj sobre el origen de estas palabras y él les respondió que provenían de Irmiahu: "Con su boca él me dictó todas estas palabras, y yo las escribí con tinta en el libro" (versículo 18). Los ministros recomendaron a Baruj y a Irmiahu que se escondieran.
Yehoiakim quema la Meguilá (Versículos 20-26)
Los ministros, principes, vinieron al rey Yehoiakim con la Meguilá y uno de los ministros leyó ante el rey las palabras que estaban escritas en él. Yehoiakim no lo pensó dos veces: rasgó la Meguilá y la arrojó al fuego. Aunque algunos ministros trataron de impedir la quema de la Meguilá, Yehoiakim no los escuchó.
Una profecía a Irmiahu tras la quema de la Meguilá (Versículos 27-32)
Después de que Yehoiakim quemó la Meguilá, Dios se apareció a Irmiahu y le ordenó tomar otro pergamino y escribir nuevamente las palabras. Irmiahu escribió las palabras en el pergamino y el texto atestigua que "y además les fueron añadidas muchas otras palabras semejantes (versículo 32). El Señor también añadió una profecía para Yehoiakim: "No tendrá quien se siente sobre el trono de David, y su cadáver será echado al calor de día, y a la escarcha de noche. Y castigaré a él, y a su linaje, y a sus siervos, su iniquidad: y traeré sobre ellos y sobre los habitantes de Ierushalaim, y sobre los hombres de Iehudá, todo el mal que Yo les he dicho, y ellos no escucharon " (versículos 30-31).