El gran y terrible día del Señor se acerca a pasos agigantados, y el pueblo es llamado a tomar su destino en sus manos.
"porque viene el día del Señor" (versículo 1). Este día se acerca cada vez más. A pasos agigantados avanza hacia nosotros, "porque está cercano" (versículo 1) Va a ser grande y muy terrible: "porque grande es el día del Señor y muy terrible, ¿y quién será capaz de soportarlo?" (versículo 11). ¿Qué ocurrirá en ese día? "También el Señor hace resonar Su voz al frente de Su ejército, que muy grande es Su hueste" (versículo 11).
En la primera mitad de nuestro capítulo, el Señor es retratado como el jefe del Estado Mayor de un ejército grande y poderoso. Su ejército es descrito con gran detalle: caballos, jinetes, carros de guerra, un pueblo numeroso dispuesto en orden de batalla. Este pueblo está compuesto de valientes y hombres de guerra que avanzan "como el ruido de llamas de fuego que devora el rastrojo" (versículo 5). El mundo entero tiembla ante ellos. Nada se les resiste, ni siquiera los muros ni las casas cerradas. Si es necesario, entrarán por las ventanas. En apariencia no hay forma de detenerlos, nadie puede resistirles: "un pueblo numeroso y fuerte; nunca ha habido (otro) como éste, ni después de él lo volverá a haber" (versículo 2).
Este ejército no es otro que nuestra conocida langosta del capítulo 1. Es total y transforma la tierra del "jardín de Eden" en un "desierto desolado" sin dejar sobreviviente tras de sí. Ante la visión de este ejército, la situación parece desesperada. Y he aquí la sorpresa: "Mas aun ahora, dice el Señor" (versículo 12). El jefe del ejército va a pronunciar un discurso. ¿Ante quién? Esperaríamos que el jefe del ejército hablara a sus tropas, pero no — el discurso no va dirigido a su hueste.
El Señor anhela la "ofrenda vegetal y libaciones" (versículo 14). Se dirige al pueblo de Israel: "retornen a Mí de todo vuestro corazón... y rasguen vuestros corazones y no vuestros vestidos, y retornen al Señor, vuestro Dios; porque Él es clemente y compasivo, lento en iras y grande en misericordia, y Se arrepiente del mal (que amenaza traer). ¿Quién sabe si no volverá y Se arrepentirá" (versículos 12-14). Cuando el ejército ya está aquí, detrás de la puerta a las puertas de la ciudad, todavía hay una oportunidad — quizás se arrepienta del mal. No solo se arrepentirá del mal, sino que además "dejará en pos de Sí una bendición" (versículo 14). Pero todo esto requiere pasos concretos por parte del pueblo.
En la segunda mitad del capítulo, la palabra "pueblo" se convierte en palabra guía y aparece siete veces. El pueblo es llamado a tomar su destino en sus manos. Primero "¡Reúnan al pueblo!" (versículo 16), simplemente "pueblo". Este pueblo está compuesto por una congregación de ancianos, párvulos, niños de pecho, novio y novia, y Cohanim, sacerdotes ministros del Señor. Se les requiere tocar la trompeta en "Tzión" (versículo 15), que no es otro que "Mi santo monte" — el Monte del Templo, el lugar donde habita el Señor vuestro Dios.
El "pueblo" debe retornar a Él y dirigirse a Él: "¡CompadéceTe, oh Señor, de Tu pueblo!" (versículo 17). El "pueblo" reconoce que no es un pueblo cualquiera sino que es "Tu pueblo", y clama: "no entregues al oprobio Tu herencia, para que los gentiles tengan dominio sobre ellos" (versículo 17) Entonces "el Señor ardió en celo por Su tierra, y se compadeció de Su pueblo" (versículo 18): el Santo Bendito Sea reconoce que son "Su pueblo" y por eso se compadece de ellos. "Y no los pondré más por oprobio entre las naciones" (versículo 19); aleja "Mi gran ejército que Yo envié contra vosotros" (versículo 25), y en lugar del ejército enemigo hay un nuevo ejército: "el árbol lleva su fruto, la higuera y la vid dan su producto" (versículo 22). Aquí se revela que la bendición alegra a la tierra — "No temas, oh tierra, alégrate y regocíjate" (versículo 21) — alegra también a las bestias del campo que se regocijan porque "reverdecen los pastos del desierto" (versículo 22) y el árbol lleva su fruto. Pero sobre todo alegra al pueblo, que a partir de ahora se convierte en "hijos de Tzión", en quienes se cumple "alégrense, pues, y regocíjense en el Señor, vuestro Dios" (versículo 23), porque reconocen quién es el que da vida a la tierra y derrama abundante bien. Por eso comerán, se saciarán y alabarán el Nombre del Señor.
Entonces "no será avergonzado Mi pueblo jamás, y conocerán que Yo estoy en medio de Israel, y que Yo soy el Señor, vuestro Dios, y que no hay otro alguno; y no será avergonzado Mi pueblo jamás" (versículos 26-27).
Gentileza sitio 929.