A veces, se debe causar una gran conmoción

A veces, se debe causar una gran conmoción

Irmiahu en sus profecías intenta causar una profunda conmoción entre el pueblo, con la esperanza de lograr y generar un cambio de comportamiento en el pueblo de Israel, antes de que sea demasiado tarde.

Las reprimendas de Irmiahu son duras. El profeta conoce la voluntad del Supremo, y está expuesto, hasta el punto de un profundo dolor personal, al claro entendimiento de que Dios ha decidido agotar el juicio con su pueblo que quedó en la tierra después del exilio de las diez tribus. Si el pueblo se aparta de sus malos caminos, todavía hay esperanza de que el decreto del exilio y la destrucción no se cumpla.

Pero el pueblo que habita en Iehudá intenta promover el mal de una manera diferente a la exigencia del profeta y a los caminos hacia los que él intenta dirigir al pueblo, según la voluntad de Dios. El pueblo ciertamente busca la cercanía de Dios, pero no cambia su mal comportamiento. El pueblo viene al Beit HaMikdash, al GranTemplo y ofrece sacrificios según los mandamientos de la Torá, creyendo que así se salvará de su duro destino. Pero al mismo tiempo, los líderes del pueblo y los hombres de Iehudá continúan distorsionando la justicia, y como consecuencia de ello se derrama sangre inocente. Oprimen a las clases más débiles: al extranjero, al huérfano y a la viuda, y continúan con sus perversos modos de vida como siempre. El profeta siente que sus reprimendas caen en oídos sordos.

Por eso intenta socavar los fundamentos de su ideología errónea. Les hace oír palabras duras sobre el valor del Beit HaMikdash, el Gran Templo en el que tanto confían para salvarlos de todo mal. Él llama al Beit HaMikdash, el Gran Templo: "cueva de ladrones" (versículo 11), es decir, una cueva en la que se refugian los malhechores. Una casa y una cueva así no merecen seguir existiendo. Por lo tanto, el destino del Beit HaMikdash, el Gran  Templo será como el destino del tabernáculo de Shiló que fue destruido por causa de la maldad de Israel.

Esta profecía de Irmiahu es muy dura en su excepcional intensidad, con el claro objetivo de socavar la creencia tan arraigada en el pueblo, de que basta con mantener los símbolos religiosos externos para estar seguros de que están cumpliendo la voluntad de Dios, y que Él los protegerá de todo mal. Cuando se le dice a una persona que lo que más ama encarna la fealdad y el mal, y que por lo tanto ya no puede mantenerse, seguramente estas palabras causarán gran conmoción. Esa era la intención de Irmiahu.

El profeta intenta cambiar fundamentalmente el comportamiento del pueblo. Sabe que sin este cambio, el destino del pueblo de Iehudá está sentenciado a muerte, y con todas sus fuerzas trata de lograrlo. El profeta se opone a la concepción de que la ofrenda de sacrificios por sí misma constituye el correcto servicio a Dios. Esta es una concepción idólatra en su esencia. El creyente está convencido de que Dios, cuyo poder es grande, controla el mundo solo mediante la ira y la imposición de castigos contra los seres humanos. Por lo tanto, hay que "compensarlo" con "regalos" para que se aplaque y no castigue a los seres humanos. Así, el servicio de los sacrificios en el Beit HaMikdash, el Gran Templo traerá el apaciguamiento de Dios. Así lo creían todos los pueblos del Este que habitaban alrededor de la tierra de Iehudá, y así lo creían también los habitantes de Ierushalaim.

Por consiguiente, Irmiahu les presenta la verdadera perspectiva de la Torá. La base correcta para la relación entre el pueblo de Israel y Dios es aprender los mandamientos de Dios y cumplirlos. El profeta Shmuel ya le dijo a Shaúl sobre el cumplimiento del mandamiento de exterminar a Amalek: "He aquí, el obedecer es mejor que la mejor ofrenda, y el prestar atención, (Es mejor) que la grosura de los carneros" (Shmuel I, capítulo 15, versículo 22). Irmiahu detalla a qué mandamientos se refiere: "¿Hurtan, matan y cometen adulterio, juran en falso y queman incienso a Báal, y andan tras otros dioses que no conocen” (versículo 9). Los pecados detallados aquí son parte del código básico dado al pueblo de Israel y a través de ellos a todo el mundo: los Diez Mandamientos.

Los hijos de Iehudá pecan contra el hombre y contra el cielo. Esta es una traición a todos los valores básicos del ser humano, que lo llevan a ser humano, de acuerdo con la perspectiva de la Torá. La esperanza de Irmiahu es que causando una profunda conmoción al pueblo, logrará generar el cambio de comportamiento en el pueblo de Israel. Antes de que sea demasiado tarde.

Editado por el equipo del sitio del Tanaj

Cortesía sitio 929.

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