El reinado de Shlomó
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El reinado de Shlomó
El reinado de Shlomó
De la división del reino a Ajav
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De la división del reino a Ajav
Los capítulos de Eliahu
Los capítulos de Eliahu
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El reinado de Ajav
El reinado de Ajav
El reinado de Ajav
1 Reyes 20 Versículo 1
Daat Mikrá explica que, no es el mismo Ben-Hadad mencionado anteriormente en 1 Reyes 15:18, en tiempos del rey Asa de Yehudá, sino probablemente un descendiente suyo. El nombre “Ben-Hadad” era común entre los reyes de Aram y puede referirse a varios monarcas sucesivos, ya que significa en arameo “hijo de Hadad”, siendo Hadad la deidad principal de los arameos, dios de la tormenta y el trueno
Aram era uno de los reinos más poderosos en la región al norte de Israel, que se consolidó en época de Shlomó (ver capítulo 11:24). La mención de “treinta y dos reyes” no necesariamente se refiere a reinos importantes, sino más bien a gobernantes de ciudades-estado, vasallos aliados bajo su mando, o incluso a jefes tribales nómadas de la región. No obstante, esto muestra la magnitud de la coalición militar que enfrenta Israel.
Ben-Hadad reúne un ejército formidable, con caballos y carros, símbolos clásicos de poder militar en la antigüedad. Su objetivo es Shomrón (Samaria), la capital del reino del norte (Israel), y la sitia, es decir, la rodea para cortar suministros y someterla por hambre o rendición antes de lanzar el ataque directo. Por eso el versículo dice que peleó contra ella, aunque aún no habían comenzado las hostilidades abiertas.
Este versículo introduce el capítulo mostrando el contraste entre la aparente debilidad de Israel y el poder abrumador de sus enemigos. Este trasfondo prepara al lector para el tema central: la salvación de Israel no vendrá por su fuerza militar, sino por intervención divina.
1 Reyes 20 Versículo 2
Tras reunir su coalición militar y sitiar Samaria, Ben-Hadad no ataca de inmediato, sino que opta primero por la vía diplomática o de intimidación, enviando mensajeros directamente a Ajab. Esto muestra confianza en su superioridad y busca someter a Israel sin necesidad de combate abierto.
Esta táctica de enviar condiciones antes del ataque era común en la antigüedad, permitiendo al enemigo rendirse y evitar la destrucción, pero también humillándolo públicamente, es por eso que el texto enfatiza que los mensajeros, no solo fueron al rey Ajab, sino que dejaron oír su mensaje claramente a toda la ciudad, para que su degradación y deshonra sea conocida por todo el pueblo.
3. y le dijo: Así dice Ben-Hadad:Tu plata y tu oro son míos; y tus mejores esposas e hijos, míos son. ¿Qué es lo que persigue Ben-Hadad con esto? ¿Por qué no pide ciudades o tributo?
Ben-Hadad, desde su posición de fuerza tras sitiar Shomrón, envía un mensaje de exigencia total a Ajab: reclama la riqueza personal del rey (plata y oro) y lo más preciado de su casa (sus mujeres y sus hijos más valiosos o queridos). No es solo un tributo económico, sino una humillación personal y política, someterlo y rebajarlo públicamente ante su pueblo y sus aliados, mostrando de esa manera que Ajab y su reino están completamente a merced del invasor.
Exigir la entrega de la familia real y los tesoros era una táctica común en la antigüedad para asegurar la sumisión de un rey vasallo y evitar rebeliones futuras. Aquí, Ben-Hadad busca no solo riqueza sino control total sobre la casa real de Israel.
Este versículo establece el tono de humillación y presión máxima, el contraste entre la debilidad de Israel y la arrogancia de Aram se hace evidente.
1 Reyes 20 Versículo 4
Ajab, rey de Israel, responde a Ben-Hadad con una aceptación completa y sumisa de sus demandas. Se dirige a él con los títulos “rey, señor mío”, mostrando reverencia y subordinación total ante el invasor. La frase “yo soy tuyo, y todo lo que tengo” implica que Ajab se considera a sí mismo y a todos sus bienes como propiedad de Ben-Hadad, sin resistencia ni negociación.
La respuesta de Ajab refleja la extrema debilidad y falta de recursos frente al asedio de Aram. Este acto de sumisión era común en la antigüedad cuando un rey se veía completamente superado militarmente y buscaba evitar la destrucción de su ciudad y su pueblo.
Abarbanel, basándose en lo que dijo Radak, explica que Ajab creyó que Ben-Hadad solo buscaba impresionar a los reyes aliados mostrando su dominio sobre Israel, y que por eso aceptó estar bajo su gobierno y pagar tributo, pero no pensó que Ben-Hadad exigiría una entrega literal de sus bienes y familia. Así también lo afirma Metzudat David que Ajab entendió la demanda como una declaración de sumisión y disposición a pagar tributo y estar bajo dominio, no como una entrega literal de sus tesoros y familia.
Malbim enfatiza que Ajab respondió según su entendimiento: “si soy tu siervo, entonces todo lo mío también te pertenece”, es decir, aceptaba la vasallaje, pero no la entrega física de sus posesiones.
Este momento de máxima humillación es el punto de partida para la intervención divina que cambiará el curso de los acontecimientos. El contraste entre la sumisión de Ajab y la arrogancia de Ben-Hadad prepara el escenario para que Dios intervenga frente a esta injusticia y abuso de poder.
1 Reyes 20 Versículo 5
Abarbanel explica que en la segunda demanda, Ben-Hadad aclara su intención: cuando antes dijo que los bienes y la familia de Ajab “son míos”, no se refería solo a un dominio simbólico o a una declaración de vasallaje, sino que su objetivo era que Ajab se los entregara realmente. Por eso, en el segundo mensaje, cambia la expresión a “me los darás”, dejando claro que espera una entrega física y concreta de todo lo que pidió, y no solo una aceptación formal de su autoridad.
Daat Mikrá destaca que, a diferencia de la primera vez en la que Ben-Hadad dijo: tus mejores esposas e hijos, míos son, en esta ocasión no se limita solo a los mejores, sino que exige que Ajab le entregue a todos, sin excepción
Este versículo prepara el terreno para la siguiente fase del conflicto, mostrando que la sumisión inicial de Ajab no es suficiente para Ben-Hadad, quien busca humillar y despojar completamente al rey de Israel. La reiteración de las demandas intensifica la presión y anticipa la reacción de Ajab y sus consejeros.
6. sin embargo, mañana a esta hora enviaré a mis siervos a ti, y registrarán tu casa y las casas de tus siervos, y sucederá que todo lo que sea precioso a tus ojos lo tomarán en sus manos y se lo llevarán. ¿Acaso lo anterior no eran también cosas preciadas? ¿Qué significa todo lo que sea precioso a tus ojos?
Este versículo representa el punto máximo de la humillación y agresión de Ben-Hadad hacia Ajab y el reino de Israel. Ya no se trata solo de una amenaza o de exigir tributo, sino de una declaración de saqueo total: Ben-Hadad anuncia que sus siervos no esperarán a que Ajab entregue voluntariamente sus tesoros, sino que entrarán y tomarán, por la fuerza, todo lo que consideren valioso, incluyendo lo más preciado y personal, tanto material como espiritual.
Este acto no solo busca despojar a Ajab de sus posesiones, sino también quebrar su dignidad y la de su pueblo, mostrando que Israel está completamente a merced de Siria. El énfasis en “todo lo que sea precioso a tus ojos” sugiere que Ben-Hadad quiere ir más allá de lo material, apuntando a lo más íntimo y sagrado para Ajab y su nación, no solo la pérdida total de autonomía, sino también los símbolos más valiosos de su identidad nacional y religiosa.
Abarbanel explica que, en este segundo envío añadió cosas:
primero, explicó la frase 'son míos', que la intención era que se los dieras;
segundo, que tampoco dejaría que él eligiera lo qué dar, sino que sus siervos registrarían la casa y tomarían lo que quisieran; y
tercero, que no solo se conformaba con el oro, la plata, las mujeres y los hijos, sino que también tomarían cualquier otra cosa que fuera preciada a tus ojos.
Además, en este versículo se agrega algo que no había sido mencionado antes: y registrarán tu casa y las casas de tus siervos. Esto significa que no solo se llevarán sus pertenencias, sino también las de sus siervos. Asimismo, implica que no tiene sentido que oculte nada de valor, ya que revisarán todo exhaustivamente.
Nuestros sabios dijeron en el Midrash Tanjuma (al final de la parashá Shemot): ¿Acaso no pidió en la segunda vez lo mismo que en la primera? Entonces, ¿qué significa 'todo lo preciado a tus ojos'? Esto hace referencia que pretendía tomarle la Torá, que es más deseable que el oro y el oro fino.
Daat Mikrá agrega, citando a Rashí y de acuerdo con la opinión del Midrash, que aunque Ajab había caído en la idolatría e incluso la promovió, no por ello abandonó la Torá. Por el contrario, la mantenía en alta estima y la consideraba una riqueza nacional que no estaba dispuesto a sacrificar, incluso ante las exigencias de Ben-Hadad.
1 Reyes 20 Versículo 7
Daat Mikrá explica que los ancianos eran los dirigentes de más alto rango y cumplían la función de representar al pueblo ante el rey.
Otro punto interesante es que, aunque Ben-Hadad mencionó estos elementos en otro orden “tu plata y tu oro, tus mujeres y tus hijos”, aquí el rey los enumera de manera diferente: “mis mujeres, mis hijos, mi plata y mi oro”, anteponiendo así a su familia al oro. Esto es similar a lo relatado en Bemidbar capítulo 32, cuando las tribus de Rubén y Gad pidieron a Moshé que les concediera la tierra conquistada de los reyes Sijón y Og, al este del Jordán. Ellos dijeron: “Edificaremos aquí corrales para nuestro ganado y ciudades para nuestros niños”, priorizando primero sus posesiones. Ante esto, Moshé les responde: “Edificaos ciudades para vuestros niños y corrales para vuestras ovejas, y haced lo que ha declarado vuestra boca”, invirtiendo el orden y dándoles así una lección: no anteponer los bienes materiales a la familia, sino primero velar por las personas y luego por las posesiones.
Abarbanel sostiene que Ajab consulta a los ancianos para mostrarles que Ben-Hadad no busca un acuerdo razonable, sino que está inventando excusas para justificar una guerra, pidiendo cosas imposibles de aceptar. La ley no obligaba a Ajab a consultar a los ancianos; se dirigió a ellos por propia voluntad, ya que quería obtener su apoyo para la importante decisión que tenía por delante.
Malbim dice que, en la guerra, cuando se sitia una ciudad, primero se le propone la paz, y si acepta, se le impone tributo y servidumbre, y solo si se niega y deben llegar a una guerra, recién entonces es que se toma el botín. Pero en este caso, después de que pidió las esposas, etc., y no se las negó, aceptó ser su siervo junto con su familia y sus bienes, ¿por qué sigue buscando el mal?
Según Daat Mikrá, la expresión “Reconoced ahora y ved” implica, por un lado, que los ancianos deben reconocer que las exigencias de Ben-Hadad no son más que pretextos, y por otro lado, que vean, es decir, que no se limiten solo a juzgar el presente, sino que también consideren y traten de prever las posibles consecuencias de acceder a sus demandas.
Ajab reúne a los ancianos del país y les expone la situación: subraya que Ben-Hadad no busca únicamente bienes materiales, sino que su verdadera intención es perjudicarlo y causar daño. Ajab enfatiza que no se ha negado a entregar lo que Ben-Hadad le pidió en un principio, pero aun así este continúa exigiendo más, lo que revela que sus intenciones son hostiles y no responden simplemente a un deseo de tributo o vasallaje.
Según explicamos en el versículo anterior y conforme al Midrash, cuando Ben-Hadad exigió “todo lo que sea precioso a tus ojos”, se refería a que Ajab debía entregar y despojar a Israel de la Torá. Frente a esta demanda, Ajab respondió que todo su oro, sus mujeres y sus hijos son posesiones personales sobre las cuales él puede decidir, pero la Torá pertenece a todo Israel. Por ello, no es él quien puede decidir entregarla o no, sino que esa decisión corresponde a los sabios. Por eso recurrió a ellos para consultarles, diciéndoles: “Todo lo que me pertenece:mis mujeres, mis hijos, mi plata y mi oro, y no se lo he negado, pero la Torá no me pertenece solo a mí, sino a Israel; por lo tanto, ustedes deben decidir al respecto.”
1 Reyes 20 Versículo 8
Si bien en el versículo anterior el rey se había dirigido solamente a los ancianos, aquí responde también el pueblo, Daat Mikrá señala que esto se debe a que, por un lado los ancianos representan al pueblo, por lo tanto no solo opinan por ellos mismos, sino que también lo hacen en nombre del pueblo. Otra opción es que se refiere a los hombres de guerra que estaban con el rey.
Abarbanel dice que ellos le respondieron: “No le escuches ni le consientas”, s refiere a: no escuches a su segundo mensaje, y tampoco consientas en el primer mensaje al que habías accedido.
Siguiendo el razonamiento del Midrash Tanjuma, que interpreta la expresión “todo lo preciado a tus ojos” como una referencia a la Torá de Israel, vemos que la respuesta de los sabios es contundente: la negativa unánime de los ancianos y del pueblo a entregar lo más preciado a Ben-Hadad demuestra que la Torá es el bien más valioso para la nación, y que están dispuestos incluso a arriesgar sus vidas antes que renunciar a ella.
1 Reyes 20 Versículo 9
De acuerdo con la opinión de Radak, aunque los sabios le recomendaron a Ajab no aceptar, él estaba dispuesto a hacer ese esfuerzo por la paz y aceptó cumplir con las primeras demandas que Ben-Hadad le hizo, que consistían en someterse a su autoridad y pagar ciertos tributos. Sin embargo, rechazó la segunda demanda, mucho más exigente, que implicaba entregar todo lo valioso, incluyendo a sus mejores hijos y mujeres.
Daat Mikrá señala que, aunque Ajab se dirige a Ben-Hadad con un lenguaje completamente sumiso y lo llama “mi señor el rey”, le aclara que la segunda demanda no es que no quiera cumplirla, sino que no puede hacerlo, ya que el pueblo se lo ha negado.
Siguiendo el razonamiento del Midrash Tanjuma, que interpreta la expresión “todo lo preciado a tus ojos” como una referencia a la Torá de Israel, Ajab se niega rotundamente a entregarla y renunciar a ella, tal como los sabios y el pueblo habían expresado.
Según esta opinión del Midrash, esto nos demuestra que, aunque Israel se aleja y deja de cumplir los preceptos, seducido por sus impulsos, jamás está dispuesto a abandonar la Torá completamente. Tal como lo dijo Eliahu en el monte Carmelo: “¿Hasta cuándo vacilaréis entre dos opiniones?” Incluso Ajab, quien se había inclinado por ciertas costumbres paganas, no estuvo dispuesto a abandonar completamente la Torá. Por ello se dice en Sanedrín 102b: “¿Por qué Ajab mereció reinar veintidós años? Porque honró la Torá, que está escrita con las veintidós letras del abecedario hebreo. Un año por cada letra”
1 Reyes 20 Versículo 10
Abarbanel explica que Ben-Hadad, enfurecido por la negativa de Ajab, responde con un juramento y una amenaza: asegura que si logra tomar Samaria, ni siquiera el polvo de la ciudad será suficiente para repartir entre todo su ejército, resaltando así la pequeñez de Samaria frente al gran número de sus soldados. Además, jura que, si no obtiene lo que exige, sus acciones futuras serán aún más dañinas para Ajab que sus demandas iniciales.
Esta declaración subraya tanto la magnitud de su ejército como su determinación de arrasar por completo la ciudad, utilizando una expresión hiperbólica para intimidar y humillar a Ajab. El mensaje refleja la arrogancia y la confianza excesiva de Ben-Hadad, quien considera a Samaria insignificante frente a la fuerza de su coalición militar. Su amenaza es una forma de intimidación, mostrando que está dispuesto a destruir hasta los cimientos la capital de Israel y que ni siquiera quedará suficiente para satisfacer a sus soldados.
1 Reyes 20 Versículo 11
Todos los comentaristas explican que, Ajab dijo a los mensajeros de Ben-Hadad que le digan a su señor que no es apropiado que quien apenas se prepara para la guerra, aunque tenga un gran ejército, se jacte como quien ya ha vuelto victorioso de la batalla. Porque el que se ciñe la espada no sabe qué le deparará la guerra, ya que a veces un ejército pequeño vence a uno grande.
El proverbio usado por Ajab es una advertencia contra la arrogancia y la confianza prematura. Solo quien ha regresado victorioso de la batalla puede jactarse; el que apenas se prepara para la guerra no sabe qué le deparará el futuro
1 Reyes 20 Versículo 12
Abarbanel explica que Ben-Hadad se sintió profundamente afectado por las palabras de Ajab y, además, al encontrarse ebrio, el efecto del vino lo llevó a envalentonarse como un león. Por eso, ordenó que se prepararan alrededor de la ciudad, es decir, que ciñeran sus espadas para luchar contra Shomrón y que establecieran un asedio y presión sobre la ciudad.
Malbim agrega que, confiando en que sería fácil conquistar la ciudad, Ben-Hadad y los reyes aliados no salieron personalmente a la batalla, sino que simplemente dieron la orden a sus siervos para que prepararan y organizaran todo lo necesario para la toma de la ciudad, confiando en la gran cantidad y fuerza de su ejército
1 Reyes 20 Versículo 13
Abarbanel cita lo que dijeron nuestros sabios (Seder Olam capítulo 20) que este era Miqueas hijo de Imlá, tal como lo veremos más adelante en el capítulo 22:8.
Daat Mikrá sostiene que Ajab estaba angustiado y que ni siquiera se le ocurrió consultar a Dios; no consideraba que lo que estaba sucediendo con Ben-Hadad fuera algo enviado por Dios. Por eso, el profeta se le presentó de repente, sin que él lo esperara.
Tras el episodio protagonizado por Eliahu, en el cual el rey Ajab perseguía y menospreciaba a los profetas de Dios, se observa un cambio significativo en su actitud después de lo sucedido en el monte Carmel. A partir de ese momento, Ajab deja de rechazar a los profetas, quienes ahora pueden dirigirse a él con tranquilidad y respeto. Este giro refleja una transformación en la relación entre el rey y los mensajeros divinos, marcando una etapa en la que la comunicación profética se vuelve más directa y menos conflictiva
Malbim agrega que Dios le dice: ¿Has visto toda esta gran multitud que no puedes vencer por medios naturales? Yo la entregaré en tu mano de manera milagrosa, y esto será hoy, y con ello sabrás que yo soy Dios. Es decir, mientras sea posible vencer con tus propias fuerzas, Dios no obra milagros, porque el guerrero confía en su fuerza y no espera la salvación de Dios. Por eso le dijo: “¿Has visto toda esta gran multitud…?”, y ya que no es posible vencer naturalmente, Dios hará un milagro.
Si la voluntad y mandato de Dios a Eliahu fue ungir a Jazael como rey de Aram para que castigue a Israel (“el que escape de la espada de Jazael…”), ¿por qué, cuando Aram viene a luchar contra Israel, Dios concede la salvación a Ajab e Israel una y otra vez?
La respuesta a esta pregunta abarca varios puntos importantes que vale la pena aclarar:
La ejecución de la profecía es progresiva y no inmediata. El hecho de que Dios anuncie un castigo a través de Jazael no significa que este deba cumplirse de inmediato. En la narrativa bíblica, Jazael ni siquiera era rey durante los episodios relatados en este versículo; el rey de Aram en este momento es Ben-Hadad. Jazael solo asciende al trono más adelante, tras la muerte de Ben-Hadad, cumpliendo así la profecía dada a Eliahu y confirmada por Elishá.
El papel de Ben-Hadad y la misericordia divina. Las guerras contra Aram en tiempos de Ajab son lideradas por Ben-Hadad, no por Jazael. Aunque Aram ataca a Israel, Dios concede victorias a Ajab por varios motivos:
Demostrar Su poder y soberanía: Dios quiere que Ajab y el pueblo de Israel reconozcan que “Yo soy el Señor” (20:13 y 28). La salvación milagrosa es un acto pedagógico para que Israel no atribuya la victoria a sus propios méritos, sino a la intervención divina.
Misericordia y oportunidad de arrepentimiento: Aunque el juicio está decretado, Dios muestra paciencia y da oportunidades de arrepentimiento antes de ejecutar el castigo final. La victoria sobre Ben-Hadad es también una prueba para Ajab y el pueblo.
El castigo definitivo vendrá después: El verdadero cumplimiento de la profecía sobre Jazael ocurre más adelante, cuando él se convierte en rey y efectivamente oprime y castiga a Israel con gran crueldad, tal como Dios había anunciado a Eliahu y Elishá.
La soberanía de Dios sobre el tiempo y la historia. Dios puede usar a las naciones y sus reyes como instrumentos de juicio en el momento que Él considera apropiado. La profecía a Eliahu no es una orden de destrucción inmediata, sino un anuncio del instrumento que será usado en el futuro. Hasta que llegue ese momento, Dios puede seguir mostrando misericordia y salvar a Israel según Su propósito y pedagogía espiritual.
1 Reyes 20 Versículo 14
Ajab, sorprendido por la promesa de victoria, pregunta al profeta por medio de quién se logrará la salvación. El profeta le responde que será “por mano de los siervos de los príncipes de las provincias”, es decir, por un pequeño grupo de jóvenes subordinados a los oficiales, no por guerreros experimentados ni por el grueso del ejército.
Don Isaac Abarbanel dice que la costumbre entre los oficiales, era que fueran acompañados por jóvenes que los servían y corrían delante de ellos. Y siendo estos los más humildes y bajos del pueblo y pocos en número, como se dijo: doscientos treinta y dos, quiso Dios que la salvación viniera por medio de ellos, para que supieran que nada impide a Dios salvar con muchos o con pocos, y para que Israel no se gloríe en su propia fuerza.
Radak dice: ¿Por qué preguntó Ajab quién comenzará? Aunque él era el rey, pensó que, siendo idólatra, Dios no haría el milagro si él estaba presente, por eso preguntó quién debía liderar, y el profeta le respondió: “Tú”.
Algunos destacan que Ajab creyó inmediatamente y no dudó de las palabras del profeta, aunque hubiera sido lógico temer ante tanta multitud de soldados enemigos. La intención de Ajab al preguntar quién debería comenzar la batalla podría ser porque, al tratarse de una victoria milagrosa, pensó que ellos no deberían hacer nada y que Dios lucharía por ellos, tal como dice la Torá: El Señor peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos. (Shemot 14:14) o también: Debarim 1:30: El Señor vuestro Dios, que va delante de vosotros, él peleará por vosotros, conforme a todas las cosas que hizo por vosotros en Egipto delante de vuestros ojos. Debarim 20:4: Porque el Señor vuestro Dios es el que va con vosotros, para pelear por vosotros contra vuestros enemigos, para salvaros.
15. pasó revista a los siervos de los jefes de las provincias, y fueron doscientos treinta y dos. Después pasó revista a todo el pueblo, a todos los hijos de Israel, siete mil.
Rashí y Metzudat David explican que cuando dice: Todos los hijos de Israel siete mil. Es decir: estos eran los justos entre todos los hijos de Israel, como se dijo antes (19:18): Y dejaré en Israel siete mil, todas las rodillas que no se doblaron ante Baal y toda boca que no lo besó. Porque Ajab vio que Dios, no haría un milagro así sino a través de Sus siervos, es por eso que no quiso que participara nadie más que ellos.
1 Reyes 20 Versículo 16
Malbim explica que Ben-Hadad, confiado en la superioridad de sus fuerzas, se permitió embriagarse en las tiendas junto con los treinta y dos reyes que lo acompañaban. Esta actitud refleja su seguridad absoluta en la victoria, lo que los llevó a despreocuparse del avance del ejército israelita y a entregarse a una fiesta desenfrenada en pleno mediodía. Aunque era visible el movimiento de los israelitas, ni Ben-Hadad ni sus reyes salieron a la batalla, pues él estaba embriagado y ellos solo lo asistían, sin ser sus siervos directos. Al observar que el rey no tomaba la iniciativa, tampoco quisieron salir.
Daat Mikrá señala que, a pesar de que Ben-Hadad había dado la orden a su ejército de tomar la ciudad, él y los reyes permanecieron en sus tiendas divirtiéndose y bebiendo, sin importarles que sus soldados estaban yendo a la guerra ni prestar atención a la guerra que se libraba.
El motivo por el cual el texto vuelve a recalcar que los 32 reyes estaban con él es para enfatizar el abrumador poderío militar que poseía Ben-Hadad y así resaltar aún más la grandeza del milagro que Dios obró a favor de Israel, al hacer que un ejército tan inferior derrotara a un enemigo tan poderoso
1 Reyes 20 Versículo 17
Malbim explica que Ben-Hadad envió mensajeros para averiguar qué estaba ocurriendo, y le informaron que solo habían salido los jóvenes de los jefes de las provincias, un grupo pequeño de unos 232 muchachos que no parecían soldados. Al recibir este informe, Ben-Hadad entendió que no se trataba de un ejército ni de una fuerza militar significativa, sino simplemente de unos pocos hombres cuya finalidad no era clara. Podían ser ciudadanos que intentaban escapar del asedio o incluso rendirse ante el enemigo. Por eso, Ben-Hadad no temió ni sospechó nada inusual, y no vio motivo para interrumpir su banquete y celebración con los demás reyes; probablemente ya estaban brindando por la victoria y el botín que esperaban repartirse
El versículo relata que el pequeño grupo de los “siervos de los jefes de las provincias” fue el primero en salir de la ciudad, encabezando la ofensiva tal como había sido indicado por el profeta. Ben-Hadad, confiado y despreocupado, recibe el informe de sus enviados: “Han salido hombres de Shomrón”. Este aviso marca el inicio de la batalla y la reacción de Ben-Hadad, que, como muestran los versículos siguientes, subestima la amenaza y da instrucciones ambiguas sobre cómo tratar a los que salieron, sin percibir el peligro real que representan.
El énfasis en que los siervos salen “primero” subraya la obediencia exacta a la estrategia profética y la confianza en la palabra de Dios, en contraste con la despreocupación y exceso de confianza de Ben-Hadad y sus aliados.
1 Reyes 20 Versículo 18
Radak explica que, tanto si los israelitas salían para la guerra como si lo hacían en son de paz, la orden de Ben-Hadad era capturarlos vivos. Él pensaba que los hombres que enviaba serían suficientemente fuertes para lograrlo, ya que no creía que los hombres de Shomrón se atrevieran a luchar contra ellos; más bien, suponía que, al enfrentarlos, se rendirían por miedo. Por eso ordenó “captúrenlos vivos”, con arrogancia y orgullo.
Si salían para la paz, es decir, en señal de sumisión y dispuestos a entregarse como prisioneros, aun así debían capturarlos. Y también si salían para la guerra, la instrucción era capturarlos vivos. De cualquier manera, Ben-Hadad estaba convencido de que podrían dominar fácilmente a un grupo tan pequeño, sin necesidad de combatir realmente. No temía en absoluto, pues después de las palabras de sumisión de Ajab, estaba seguro de que no se atrevería a luchar, y mucho menos un grupo tan reducido que ni siquiera parecía un contingente militar. Por eso, Ben-Hadad daba por hecho que conquistaría la ciudad tarde o temprano.
Esta instrucción, aparentemente redundante, pone de manifiesto la actitud confiada y despreocupada de Ben-Hadad, quien no consideraba a los israelitas como una amenaza real.
Los comentaristas señalan que esta orden puede entenderse de dos maneras: algunos opinan que Ben-Hadad quería interrogar a los israelitas para obtener información sobre Ajab y la situación en la ciudad; otros sugieren que, debido a su estado de embriaguez, simplemente repitió sus palabras sin reflexionar demasiado.
19. y salieron de la ciudad, los siervos de los jefes de las provincias, y el ejército que los seguía.
El hecho de que los siervos de los jefes salgan primero subraya la valentía y el papel crucial de este pequeño grupo de élite que encabeza la ofensiva, siguiendo la estrategia profética. La salida posterior del ejército completo, compuesto por los siete mil soldados, muestra la movilización total de las fuerzas de Israel, a pesar de estar numéricamente en desventaja frente al poderoso ejército arameo.
Aunque a primera vista este versículo parece repetir lo que se dijo en el 17, en realidad aclara la secuencia de los hechos. Inicialmente, solo salieron los 232 jóvenes, y al verlos salir solos, los centinelas de Ben-Hadad dieron aviso al rey, quien interpretó que no era un ejército serio. Por eso ordenó capturarlos vivos, enviando probablemente un pequeño destacamento para detener a estos jóvenes que no parecían representar una amenaza real. Sin embargo, pronto descubrieron que detrás de ellos venían siete mil soldados armados, un contingente mucho más grande y preparado que cambió completamente la dinámica del enfrentamiento.
1 Reyes 20 Versículo 20
Radak explica que, cuando el versículo dice “y cada uno mató a su hombre”, se refiere al pequeño destacamento que Ben-Hadad había enviado para detener a los jóvenes israelitas, ya que no parecían representar una amenaza real. Así, de los hombres que salieron de Shomrón, cada uno de ellos derrotó al arameo que se le enfrentó, enviado por el rey de Aram para interceptarlos.
Es probable que algunos de esos arameos hayan huido de regreso al campamento para salvar sus vidas, o que los centinelas hayan dado la voz de alarma al ver la matanza y advertir que ahora todo el ejército de Israel se acercaba. El campamento arameo, completamente desprevenido y desordenado, con sus comandantes y el propio rey borrachos, fue sorprendido y sumido en el caos. Desmoralizados y confundidos, los arameos no pudieron sostener la batalla. Al ver que los hombres enviados habían sido derrotados y que su plan había fracasado, pensaron que la fuerza y el poder estaban con los israelitas, quienes no les temían, y huyeron porque el temor de Dios cayó sobre ellos.
Cuando el texto dice “escapó a caballo con jinetes”, Radak aclara que se refiere a que Ben-Hadad huyó montado en su propio caballo y que los jinetes que lo acompañaban también escaparon. El texto no especifica cuántos jinetes eran, pero probablemente solo unos pocos, quizás dos, ya que esa es la cantidad mínima para usar el verbo en plural.
Esta victoria se considera un milagro realizado a través del ejército de Israel, no por una intervención externa directa, sino por la acción de Dios que fortaleció a un pueblo aparentemente débil y dividido para derrotar a un enemigo poderoso y bien armado.
Existen dos tipos de milagros:
Aquellos en los que Dios obra maravillas sin intervención humana.
Aquellos en los que el ser humano debe actuar activamente y, luego, Dios lo ayuda milagrosamente —muchas veces a través de medios naturales.
En este caso, se trató de un milagro en el que el pueblo debía tomar parte activa, actuando aunque pareciera estar en clara desventaja, y solo después Dios haría su parte. No fue uno de esos milagros en los que Dios actúa de manera totalmente sobrenatural, como en la apertura del mar Rojo o la caída de las murallas de Yerijó.
La narrativa subraya el contraste entre la confianza arrogante y despreocupada de Ben-Hadad, quien estaba borracho junto a sus aliados, y la fe activa y obediencia de Israel, que siguió el plan profético
1 Reyes 20 Versículo 21
Radak explica que después de que salieron los jóvenes de los jefes de las provincias y parte del ejército detrás de ellos y comenzaron a golpear a los arameos, el rey de Israel, viendo que la salvación había comenzado, también salió, pues hasta entonces tenía dudas, junto con el resto del ejército que había quedado en la ciudad, y persiguieron también ellos a los arameos.
Sobre “hirió a los caballos y a los carros”, Radak explica que los arameos, que huían montados en caballos y carros, eran alcanzados por los israelitas, quienes derribaban a los caballos y hacían caer los carros, de modo que los jinetes caían y eran abatidos.
También podemos deducir que tras la huida y el caos en el campamento arameo, Ajab, rey de Israel, al ver que había comenzado la salvación que Dios le había prometido, toma la iniciativa y sale de Shomrón para completar la victoria. Ataca no solo a los soldados enemigos, sino también a sus caballos y carros de guerra, destruyendo así los principales recursos militares de los arameos. Esta acción no solo asegura la victoria inmediata, sino que debilita significativamente la capacidad de Siria para futuras campañas militares.
La expresión “gran mortandad” subraya la magnitud de la derrota sufrida por los arameos y la contundencia de la intervención divina en favor de Israel. El texto y los comentaristas destacan que esta victoria fue posible gracias a la ayuda de Dios, quien actuó a pesar de la inferioridad numérica y estratégica de Israel. La narrativa enfatiza que Ajab siguió la palabra del profeta y, aunque en otros momentos mostró debilidad espiritual, aquí fue instrumento de un milagro que tenía como propósito mostrar tanto a Israel como a las naciones vecinas que el Señor es el verdadero Dios.
El ataque a los caballos y carros, además de a los soldados, tiene un valor simbólico: representa la derrota de la fuerza militar.
1 Reyes 20 Versículo 22
Malbim explica que el profeta le dice: Esta vez has vencido gracias a un milagro, pero debes saber que el año próximo volverán a atacarte, y no todos los días ocurren milagros. Por lo tanto, a) ve, haz regresar al ejército a sus cuarteles, no los disperses. b) Fortalécete, prepárate, refuerza las tropas y la caballería. c) Considera y toma consejo, planifica estrategias de guerra y ataque. d) Observa dónde poner emboscadas y posiciones fortificadas.
Radak agrega que los dos primeros a)Ve, b)fortalécete, tienen que ver con la preparación física para la guerra, soldados y estrategia; las dos últimas c)considera y d)mira se relacionan con mejorar su situación espiritual: considerar que fue Dios quien hizo ganar las batallas, por lo tanto debe mirar cómo deshacerse de la idolatría que impera en Israel, fortalecerse en el servicio a Dios y apegarse a Él.
Después de la gran victoria sobre Aram, el profeta advierte al rey de Israel (Ajab) que no debe confiarse ni caer en la complacencia. Le aconseja que se fortalezca, es decir, que refuerce sus defensas y prepare al pueblo y al ejército. También le indica que reflexione y planifique cuidadosamente, considera y mira lo que has de hacer, pues la amenaza aún no ha terminado: el rey de Aram, aunque derrotado, no ha sido destruido por completo y volverá a atacar “al volver el año” (es decir, en la próxima temporada de campañas militares, generalmente en primavera).
El mensaje del profeta es doble: por un lado, reconoce el milagro y la ayuda divina en la victoria reciente; por otro, recalca la necesidad de preparación y vigilancia continua, ya que la lucha no ha terminado y la confianza en Dios debe ir acompañada de acción y estrategia humana.
Malbim y explica que el profeta le dice: Esta vez has vencido gracias a un milagro, pero debes saber que el año próximo volverán a atacarte, y no todos los días ocurren milagros. Por lo tanto, Ve haz regresar al ejército a sus cuartes, no los liberes. b) fortalecete prepárate, fortalecer con tropas y caballos, c)con consejo, estrategias de guerra y ataque, y d) observa en donde poner emboscadas y posiciones fortificadas.
Radak agrega que los dos primeros tienen que ver con una preparación física para la guerra, soldados y estrategia, las dos últimas tienen que ver con mejorar su situación espiritual, considerar que fue Dios el que hace ganar las batallas, por lo tanto debe mirar cómo deshacerse de la idolatría que impera en Israel, y fortalecerse en el servicio a Dios y apegarse a Dios.
Después de la gran victoria sobre Aram, el profeta advierte al rey de Israel (Ajab) que no debe confiarse ni caer en la complacencia. Le aconseja que se fortalezca, es decir, que refuerce sus defensas y prepare al pueblo y al ejército. También le indica que reflexione y planifique cuidadosamente (“considera y mira lo que has de hacer”), pues la amenaza aún no ha terminado: el rey de Aram, aunque derrotado, no ha sido destruido por completo y volverá a atacar “al volver el año” (es decir, en la próxima temporada de campañas militares, generalmente en primavera).
El mensaje del profeta es doble: por un lado, reconoce el milagro y la ayuda divina en la victoria reciente; por otro, recalca la necesidad de preparación y vigilancia continua, ya que la lucha no ha terminado y la confianza en Dios debe ir acompañada de acción y estrategia humana.
1 Reyes 20 Versículo 23
Lo primero que podemos notar es que los arameos reconocen que no era lógico que el ejército de Israel hubiera podido derrotarlos; por eso deducen que solo pudo haber sido obra de Dios
No debemos olvidar que los arameos lucharon con caballos y carros de guerra, tal como se menciona en el versículo 21, y estos recursos no resultan muy útiles en un terreno escarpado. Por eso, su superioridad militar debería notarse especialmente en un terreno plano, como una llanura.
Don Isaac Abarbanel piensa que esta idea proviene del hecho de que Dios entregó la Torá en el monte Sinaí, por eso creyeron que mientras Israel luchara en las montañas, como en el monte de Shomrón, siempre vencerían. Por ello, propusieron hacer la prueba de luchar contra Israel en la llanura para ver si no serían ellos más fuertes.
Además, Abarbanel sugiere que los habitantes de las montañas están acostumbrados a moverse ágilmente en ese terreno, mientras que los que viven en la llanura no saben hacerlo. Por eso pensaron que los de Shomrón, acostumbrados a las montañas, eran más fuertes allí, pero en la llanura la fuerza física de los arameos prevalecería.
Malbim sugiere que, los siervos de Aram dijeron que la victoria de Israel fue por dos posibles razones: o un milagro divino limitado a un lugar, o por la negligencia de los reyes aliados, que estaban ebrios y no lideraron bien. Por eso aconsejaron quitar a los reyes y reemplazarlos por oficiales militares que sí lideraran al ejército
En resumen, después de la derrota, los consejeros del rey de Aram intentan justificar el fracaso atribuyéndolo a una supuesta superioridad local de los “dioses de Israel”, a quienes consideran deidades asociadas a las montañas. Según su lógica pagana, cada territorio tiene su divinidad protectora, y los dioses de Israel serían poderosos solo en las regiones montañosas, como las que rodean Shomrón. Por eso, proponen cambiar la estrategia: si la próxima batalla se libra en la llanura, creen que tendrán ventaja y podrán vencer a Israel.
Este razonamiento refleja la cosmovisión común en la antigüedad, donde se pensaba que el poder de los dioses estaba limitado geográficamente. El texto prepara así el escenario para una nueva intervención divina, destinada a demostrar que el Dios de Israel no está restringido por territorio alguno, sino que es soberano en todo lugar.
1 Reyes 20 Versículo 24
Tras analizar las causas de su derrota, los consejeros de Ben-Hadad sugieren un cambio fundamental en la estructura militar aramea. Proponen reemplazar a los reyes aliados, que probablemente eran gobernantes vasallos o aliados que comandaban sus propios contingentes, por capitanes o comandantes profesionales.
Don Isaac Abarbanel dice que la lógica detrás de este consejo es que los reyes, al ser figuras de alto rango y posiblemente poco experimentados en el arte militar, no estaban suficientemente comprometidos ni motivados para liderar eficazmente a las tropas, y además podrían haber estado distraídos o desunidos (como insinúa el versículo anterior, donde se menciona que estaban bebiendo durante la batalla). En cambio, los capitanes serían líderes militares de carrera, disciplinados y enfocados en la victoria, lo que permitiría una mejor organización y dirección del ejército.
Sobre este último punto agregan Rashí y Metzudat David que no sean los reyes quienes dirijan la guerra, ya que al ser monarcas, su vida les resulta valiosa y no se arriesgan a entrar en el corazón de la batalla para ganar honor con la victoria, pues ya son honorables por su realeza. En cambio, los capitanes, al no tener tanta honra de por sí, arriesgarán su vida en la batalla para obtener reconocimiento y honor.
Daat Mikrá sostiene que los consejeros de Ben-Hadad sugirieron que todos aquellos reyes que fueron derrotados en la batalla sean destituidos. Ben-Hadad debía tomar el control total de todas las fuerzas del ejército y nombrar él mismo a los capitanes que comandarían los ejércitos que antes estaban bajo el mando de los 32 reyes. De esta manera, el ejército estaría más organizado, disciplinado y respondería a un solo mando, lo que permitiría una dirección más efectiva y centralizada de la guerra.
25. y fórmate un ejército como el ejército que perdiste, caballo por caballo y carro por carro; y pelearemos contra ellos en la llanura, y veremos si no somos más fuertes que ellos. Y él escuchó su voz y lo hizo así. ¿Qué diferencia hay entre: escuchó su voz y lo que dice después: y lo hizo así?
Radak, Metzudat David y Malbim explican que, según la perspectiva de los arameos, no era necesario aumentar la cantidad de soldados, caballos o carros, sino que simplemente debían formar un ejército igual en número al anterior. La lógica indicaba que, en condiciones normales, deberían ganar; la vez pasada no fue así porque hubo una intervención divina. Sin embargo, en su pensamiento ilusorio y delirante, creían que esta vez no ocurriría lo mismo y que podrían imponerse a Israel si repetían la batalla en la llanura bajo las mismas condiciones numéricas.
Los consejeros de Ben-Hadad le recomiendan reconstruir su ejército, reponiendo cada caballo y cada carro de guerra que perdió en la batalla anterior, para igualar la fuerza militar que tenía antes de la derrota. Además, insisten en cambiar el escenario de la próxima batalla: en vez de luchar en las montañas, donde creen que el Dios de Israel tiene poder, proponen enfrentarlos en la llanura, convencidos de que allí serán superiores y podrán vencer a Israel. Ante esto dice el versículo que Ben-Hadad escuchó su voz.
Ben-Hadad también acepta el consejo y actúa conforme a estas indicaciones, reorganizando su ejército bajo un mando centralizado, con capitanes en lugar de reyes, y preparándose para una batalla en terreno llano, a esto se refiere cuando dice: y lo hizo así.
1 Reyes 20 Versículo 26
Al cumplirse el año, es decir, con el inicio de la nueva temporada de campañas militares (primavera), tal como lo había profetizado el profeta, Ben-Hadad reorganizó y reunió a su ejército, siguiendo el consejo de sus asesores: reemplazó a los reyes por capitanes y reconstruyó sus fuerzas para igualar el poderío que había perdido en la batalla anterior.
Ralbag sugiere que Afec ya estaba bajo control arameo, por lo que servía como refugio seguro para Ben-Hadad y sus tropas.
Metzudat David y Metzudat Tzión señalan que Ben-Hadad “pasó revista” a su ejército para asegurarse de que había reemplazado todas las bajas de la batalla anterior, cumpliendo así el plan de igualar la fuerza militar perdida.
Con este ejército renovado, marchó hacia Afec, una ciudad estratégica ubicada al este del mar de Galilea, en lo que hoy es el Golán, para enfrentarse nuevamente a Israel en la llanura, convencido de que allí tendría ventaja.
1 Reyes 20 Versículo 27
Malbim explica que, En contraste con que al principio no se sabía cuántos eran los soldados israelitas y por eso vencieron, porque Ben-Hadad pensó que eran pocos, ahora todos fueron preparados y salieron, es decir, todos salieron, no como antes que salieron solo los jóvenes de los jefes de las provincias y después el pueblo. Por eso se nota la diferencia: estos eran pocos, como dos pequeños rebaños de cabras, y aquellos llenaban la tierra. De lo que se puede ver en el versículo 29, mientras que los de Israel eran apenas 7.323, los de Aram eran aproximadamente 130.000 o más.
Ralbag dice que el ejército que luchó la primera vez con el rey de Aram fue pasado revista y se encontró que todos estaban, no faltaba ninguno, y como el profeta los eligió para que la guerra fuera por medio de ellos, Ajab no puso con ellos a nadie más de Israel.
"Como dos pequeños rebaños de cabras": Es decir, como dos pequeños rebaños de cabras, y había dos grupos: los jóvenes de los jefes de las provincias por un lado y los siete mil por el otro.
1 Reyes 20 Versículo 28
Los Rashí cita lo que dice el Midrash: El motivo por el cual dice dos veces la palabra: y le dijo, Afirmó Rabí Yojanán: En todo lugar donde habla un profeta y dice dos veces: ‘y le dijo … y le dijo’, requiere un análisis más profundo. En nuestro caso, cuando dice la primera vez fue para expresarle: “He entregado toda esta multitud en tu mano”; la segunda vez para decirlo: “si Ben-Hadad cae en tu mano, no tengas compasión de él”.
Radak explica que el profeta le deja en claro a Ajab que no era por su justicia ni por la rectitud de su corazón que Dios lo salvaría, pues Ajab no habia abandonado a los baales al ver la gran salvación que Dios le hizo. No obstante, en esta ocasión Dios obrará nuevamente a pesar de que no lo merece, pues no lo hace por él sino que lo hará para santificar Su nombre, Dios hará un milagro con ellos, porque los enemigos habían dicho: “Dios de los montes es Él, pero no tiene poder sobre los valles”.
Continúa Radak diciendo que, en la primera salvación los arameos pensaron que fue casualidad, pero ahora podrán saber que la salvación fue de Dios.
Daat Mikrá dice que en la guerra anterior en Shomrón, cuando dijo en el versículo 13: He aquí, yo la entregaré hoy en tu mano, y sabrás que Yo soy el Señor hay dos diferencias de lo que le dice aquí: ", entregaré toda esta gran multitud en tu mano, y sabréis que Yo soy el Señor. Primero, aquí no se menciona que la entrega será “hoy”, ya que, como veremos en el próximo versículo, esta guerra se desatará luego de siete días.
Segundo, en la ocasión anterior, el objetivo era que el propio Ajab pudiera percibir y llegar a la conclusión de que no hay otro Dios fuera de Él; sin embargo, lamentablemente Ajab no alcanzó ese nivel y continuó sirviendo a dioses paganos además de Dios. Por eso, en esta ocasión, el objetivo ya no es para Ajab, sino que es para demostrar a los arameos que su pensamiento ilusorio y erróneo —suponer que existe un dios de los montes y otro de los valles— es sencillamente absurdo.
1 Reyes 20 Versículo 29
Mientras tanto, cada uno de los dos ejércitos intentó fortificar una mejor posición para sí. Y sucedió que al séptimo día se desató la batalla. Los hijos de Israel hirieron a Aram a cien mil soldados de infantería en un solo día, un golpe muy severo.
El versículo relata de forma muy concisa el desarrollo de la batalla: simplemente nos informa que comenzó y terminó con una rotunda victoria para Israel y una aplastante derrota para los arameos. Sin embargo, no nos brinda ningún detalle sobre cómo se desarrolló la lucha ni cómo fue posible que un pequeño ejército, que parecía como dos pequeños rebaños de cabras, pudieron aniquilar a tantos soldados de un ejército que llenaban la tierra.
Malbim enfatiza que la victoria fue sobrenatural por dos razones: la escala inusual de bajas en un día y el derrumbe del muro sobre los sobrevivientes.
Esta victoria aplastante no fue solo militar, sino también profundamente simbólica, ya que demostró que el Dios de Israel no era únicamente “dios de los montes”, como suponían erróneamente los arameos paganos, sino que es el verdadero Dios, soberano sobre toda la tierra, incluidas las llanuras. Al igual que en Egipto, el propósito era mostrar a este pueblo que sus creencias eran falsas y que debían abandonarlas, tal como Dios había declarado: “sabréis que Yo soy el Señor”. Este mensaje no solo estaba dirigido a los arameos, sino que también buscaba fortalecer la fe del pueblo de Israel, que en ese momento estaba debilitada por la idolatría y el alejamiento de Dios. Así, la intervención divina en esta batalla tenía como objetivo central dejar en claro, tanto a Israel como a sus enemigos, que solo Él es el Señor y que su poder no tiene límites ni está restringido a un territorio específico.
1 Reyes 20 Versículo 30
Afec era una ciudad fortificada, rodeada por una sólida muralla, lo que explica por qué los arameos huyeron allí en busca de refugio. Sin embargo, Daat Mikrá señala que, probablemente, la desesperación de decenas de miles de hombres intentando ingresar a la ciudad provocó un colapso en la entrada, generando un enorme atasco. Muchos, en su afán de salvarse, habrían intentado escalar los muros. Ante semejante masa de personas sobre la muralla, esta no pudo soportar el peso y terminó derrumbándose. El desplome no solo causó la muerte de veintisiete mil hombres, sino que también dejó a la ciudad y a quienes lograron ingresar completamente desprotegidos y a merced de los guerreros israelitas que los perseguían.
Por eso, el rey Ben-Hadad, al ver el desastre y la falta de defensa, buscó esconderse en cualquier rincón que pudiera encontrar. Es importante destacar que el texto dice: “el muro cayó sobre veintisiete mil hombres”, es decir, sobre ese grupo en particular; sin embargo, muchos otros lograron entrar a la ciudad y posteriormente serían capturados por el ejército de Israel cuando finalmente se rindieron.
Radak explica que Ben-Hadad huyó y se refugió en la ciudad, ocultándose “de cámara en cámara”, es decir, se escondió en una habitación dentro de otra, como si buscara protección en lo más recóndito de un laberinto interior. El orgullo y altivez que alguna vez caracterizaron a este soberbio rey arameo se vieron reemplazados por un miedo y pánico paralizantes. Su desesperación lo llevó a esconderse como quien se oculta en un sótano dentro de un armario, consciente de que había perdido la guerra y su ejército, y que pronto llegaría Ajab, el rey victorioso, para reclamar su triunfo.
1 Reyes 20 Versículo 31
Don Isaac Abarbanel explica que, al ver sus siervos que Ben-Hadad no tenía escapatoria y que salir de la ciudad significaría caer en manos del ejército de Israel, le sugirieron una estrategia basada en la reputación de los reyes de Israel como gobernantes compasivos. Le dijeron: “Hemos oído que los reyes de la casa de Israel son misericordiosos y no actúan con crueldad ni venganza”. Por ello, se ciñeron sacos a la cintura y se colocaron sogas en la cabeza, símbolos profundos de humillación y sumisión, y salieron a presentarse ante el rey de Israel con la esperanza de que Ben-Hadad pudiera salvar su vida.
El saco era una prenda tradicional de duelo y penitencia, usada en la Biblia para expresar dolor, arrepentimiento y humillación (como hizo Yaacob cuando creyó muerto a su hijo Yosef, Bereshit 37:34, o el pueblo de Nínive en Yoná 3:6-8). Ponerse saco significaba reconocer la derrota y la necesidad de perdón. Por su parte, las sogas o cuerdas en la cabeza simbolizaban la condición de prisioneros o esclavos, dispuestos a aceptar cualquier castigo, incluso la muerte, y eran usadas para atar a los cautivos o para cargar cargas pesadas (Salmos 18:4-5). Este gesto dramático era una señal pública de rendición total y súplica por misericordia.
Así, los siervos de Ben-Hadad, al ponerse saco y sogas, decían simbólicamente al rey Ajab: “Señor, somos cautivos de tu espada y merecemos ser castigados, incluso colgados con estas sogas, si no fuera porque sabemos que eres un rey compasivo y misericordioso”. Este acto apelaba a la fama de Ajab como rey que mostraba clemencia, buscando evitar la muerte de Ben-Hadad y obtener su perdón.
1 Reyes 20 Versículo 32
Así dijeron, como si Ben-Hadad se presentara humildemente como siervo ante el rey de Israel, suplicando por su vida.
Don Isaac Abarbanel señala que, al principio, cuando hablaron con Ajab, dijeron: “Tu siervo Ben-Hadad dice: Te ruego que me dejes vivir”, es decir, no te pide ni el reino ni el poder, sino solo la vida de su persona. Y Ajab (como un necio que responde antes de escuchar y meditar), cuando oyó el nombre de Ben-Hadad, les respondió: “¿Todavía vive? ¡Mi hermano es!”. Y esto fue un grave error y una necedad que no puede pasar desapercibida ni perdonada, pues cuando Ajab estaba en su trono en Shomrón y Ben-Hadad le envió a decir: “Tu plata y tu oro son míos”, Ajab respondió: “Como dices, mi señor el rey”, y dijo: “Todo lo que has enviado a tu siervo al principio, lo haré”. Y he aquí, entonces Ben-Hadad no le dijo “hermano eres”, ¡cuánto más ahora, cuando Ben-Hadad está bajo sus pies, tal dijeron: “Tu siervo Ben-Hadad”? ¿Por qué Ajab les respondió: “Hermano es”? Y si antes temblaba ante él, temía pelear con él, y lo llamaba: mi señor el rey estando dispuesto entregarlo a sus hijos, esposas y todo el oro que poseía. Ahora que Dios se lo entregó en su mano y lo destituyó, era evidente que era su siervo y su enemigo, y no su hermano.
En cambio, Ajab mostró disposición a perdonarlo y a tratarlo como a un igual, no como a un enemigo vencido. Es decir, se alegró de que Ben-Hadad estuviera vivo y lo llamó “hermano”, como quien dice: “No tengo enemistad contigo, sino que eres mi igual y mi compañero”. En el contexto antiguo, llamar “hermano” a un rey enemigo era una forma de reconocer su dignidad y su estatus, y a menudo implicaba la disposición a restablecer relaciones diplomáticas o alianzas.
Si bien podemos observar que el rey David no fue criticado por adoptar actitudes conciliadoras hacia quienes, siendo parte de su propio pueblo, se levantaron contra él o buscaron su mal y luego cayeron en sus manos —como Abner, jefe del ejército de Shaúl, quien inicialmente lo persiguió para matarlo, pero tras rendirse, David quiso nombrarlo jefe de su ejército; o como Amasá, que fue jefe del ejército de Abshalom durante la rebelión contra David, y luego de la derrota de Abshalom, David intentó designarlo como comandante en lugar de Yoab—, es fundamental hacer una distinción clara: cuando se trataba de adversarios internos, dentro del pueblo de Israel, David mostraba una disposición a la reconciliación y a integrar a sus enemigos derrotados, buscando la unidad nacional y la paz interna.
Sin embargo, cuando se enfrentaba a enemigos externos, fuera del pueblo de Israel, David actuaba con firmeza y determinación, sin mostrar clemencia, buscando asegurar la defensa y la estabilidad del reino. Esta diferencia refleja no solo una estrategia política y militar, sino también un principio ético: la importancia de la unidad y la reconciliación interna frente a la necesidad de proteger al pueblo de amenazas externas. Distinto fue el accionar del rey Shaul, que fue castigado severamente por Dios y cortada su dinastía por que mostró misericordia con el cruel y archienemigo del pueblo de Israel (Amalek) que dejó con perdonó la vida a su rey, mientras que demostró una implacable rigidez y tiranía con respecto a los cohanim de la ciudad de Nob, a los que aniquiló completamente junto con sus familias.
Además, el ejemplo de David subraya que la verdadera fortaleza de un líder no solo reside en la capacidad de vencer a sus contrincantes internos, sino también en la sabiduría para perdonar y reconciliar a quienes fueron adversarios, cuando ello contribuye al bien común y a la estabilidad del reino y por otro lado, extirpar la amenaza de los enemigos externos imponiendo así, una fuerte disuasión y desalentando futuros ataques enemigos.
1 Reyes 20 Versículo 33
Abarbanel señala que los siervos de Ben-Hadad demostraron ser más astutos que el propio rey. Cuando escucharon que Ajab se refería a Ben-Hadad como “mi hermano”, inmediatamente comprendieron la importancia de esas palabras y ajustaron su discurso en consecuencia. Originalmente, ellos se dirigían a Ajab llamándolo “tu siervo Ben-Hadad”, lo que reflejaba una posición de subordinación y sumisión. Sin embargo, al oír la expresión “mi hermano es”, que implicaba una relación de igualdad y respeto mutuo, se apresuraron a cambiar su lenguaje y comenzaron a hablar en términos de fraternidad, eliminando cualquier indicio de servidumbre. Es por eso que dicen: Tu hermano es Ben-Hadad en lugar de decir: Tu hermano es, tu siervo Ben Hadad, o algo así como: Así es nuestro señor rey Ajab, tu siervo Ben-Hadad es tu hermano (vale la pena recordar cómo Ajab se refería a Ben-Hadad Decid a mi señor el rey: Haré todo lo que mandaste a tu siervo)
Esta rápida decisión refleja su experiencia y habilidad política, pues entendieron que Ben-Hadad no tendría que someterse como esclavo perpetuo a Ajab, sino que podía mantener una posición digna y autónoma. Esta situación, aunque parecía favorable para Ben-Hadad, en realidad traería problemas para Ajab.
Daat Mikrá destaca la extraordinaria rapidez con la que se suceden todos los acontecimientos en este episodio. Apenas los enviados de Ben-Hadad se presentan ante Ajab y expresan su rendición incondicional, Ajab, en vez de aprovechar la oportunidad para juzgarlos o imponerles condiciones estrictas, opta por perdonar a Ben-Hadad de inmediato. No solo lo absuelve, sino que además lo honra públicamente, tratándolo con todos los privilegios y formalidades reservados a un monarca soberano y aliado. Como muestra máxima de respeto y reconciliación, Ajab invita a Ben-Hadad a subir y compartir su propio carruaje real.
De este modo, aquel que hasta hace apenas unos momentos era considerado un rey enemigo —cruel, arrogante y vanidoso—, que despreciaba y humillaba a Israel con altanería, ahora, tras haber sido reducido a la más profunda humillación, es tratado por Ajab de manera completamente distinta. En vez de mantener a Ben-Hadad en su estado de derrota y sometimiento, Ajab toma la sorprendente decisión de restituirle su honor. Al invitarlo a subir y compartir su propio carruaje real, Ajab realiza un gesto público y simbólico que proclama ante todos la restauración de la dignidad de Ben-Hadad y la aceptación de su estatus como igual y aliado. Este acto no solo borra la distancia entre vencedor y vencido, sino que también transforma radicalmente la percepción de Ben-Hadad ante los ojos de todos los presentes, que hasta podrían pensar que se volvió al estatus anterior en donde Ben-Hadad es el Señor y el rey de Israel es su súbdito que le paga tributos.
1 Reyes 20 Versículo 34
Cabe destacar el grave error cometido por Ajab en este episodio. La actitud de Ben-Hadad resulta especialmente insolente: a pesar de haber sido completamente derrotado y encontrarse a merced de Ajab, quien, según las normas de la época, tenía derecho sobre todo su reino, Ben-Hadad tiene la desfachatez de atreverse a negociar como si fuera que es él el que está en una posición de fuerza. En vez de ofrecer la entrega total de su reino, como correspondería a un vencido absoluto, Ben-Hadad apenas promete devolver a Ajab únicamente las ciudades que su padre había arrebatado (ver antes capítulo 15:18-20). Esta propuesta limitada, lejos de reflejar sumisión, revela una audacia y desfachatez sorprendentes. El hecho de que Ajab acepte semejante trato y no exija la rendición completa del reino de Aram pone de manifiesto una falta de visión estratégica y una ingenuidad política que, a la postre, tendrá graves consecuencias para Israel.
Malbim observa que Ben-Hadad, para salvarse, ofrece devolver algunas ciudades, pero Ajab solo exige un pacto de hermandad y lo deja ir, sin asegurar el cumplimiento real de las promesas. Malbim critica esta indulgencia, advirtiendo que Ben-Hadad nunca devolvió las ciudades y que esta confianza ingenua se volvió en contra de Ajab más adelante, pues un acto de compasión mal dirigido hacia los malvados puede resultar en un acto de gran crueldad hacia las personas justas.
Algo similar dice Radak, quien aclara que “calles” en este contexto se refiere a mercados cuyos ingresos serían para Ajab, replicando el modelo que existía en Shomrón bajo dominio arameo. Ajab se apresura y libera a Ben-Hadad esperando que Ben-Hadad cumpla su palabra, aunque la historia muestra que tal confianza fue ingenua, pues nunca lo respetó.
1 Reyes 20 Versículo 35
Don Isaac Abarbanel dice que un hombre de los hijos de los profetas (que es Mijayahu, el mismo que profetizó cuatro veces sobre estas guerras, y se lo llama de los hijos de los profetas porque era discípulo de Eliyahu y de los que se preparaban para la santidad y la profecía) dijo a su compañero, que también era de los hijos de los profetas, que lo golpeara por palabra de Dios. Y el hombre se negó a golpearlo fuerte de forma que quede herido, ya que eran conocidos y amigos.
Rambam explica que la expresión “hijos de los profetas” se refiere a todos aquellos que se preparan activamente para alcanzar el nivel de la profecía. Estos individuos estudian y se forman bajo la tutela de profetas experimentados, en lo que se conocía como escuelas proféticas o comunidades de discípulos. El término “hijos” en este contexto no implica parentesco biológico, sino una relación de maestro-discípulo, donde los aprendices son considerados “hijos” espirituales de los profetas.
Según Rambam, aunque estos aspirantes pueden cumplir con todos los requisitos de preparación intelectual, moral y espiritual necesarios para la profecía, alcanzar realmente ese nivel no depende solo de su esfuerzo personal. La profecía, en última instancia, es un don que Dios concede según Su voluntad, y no todos los que se preparan logran profetizar efectivamente. Así, la formación rigurosa es condición necesaria pero no suficiente: la decisión final recae en la voluntad divina.
Este fenómeno también refleja un cambio importante en Israel tras el episodio de Eliyahu en el Monte Carmel. Después de la demostración pública del poder de Dios, la persecución de los profetas por parte de Izebel cesó, permitiendo que los “hijos de los profetas”, incluidos aquellos cien que Ovadiahu había ocultado en cuevas, pudieran salir a la luz y enseñar abiertamente. Esto sugiere que Eliyahu no estaba realmente solo, sino que existía una comunidad activa de discípulos y profetas que ahora podían ejercer su función espiritual y educativa sin temor, contribuyendo a la continuidad y transmisión de la tradición profética en Israel.
1 Reyes 20 Versículo 36
Tanto Rashí como Radak explican que este episodio es una parábola sobre Ajab: así como el hombre se negó a golpear al profeta por mandato divino y fue castigado, así también Ajab desobedeció la orden de Dios de matar a Ben-Hadad y fue castigado por ello. Radak enfatiza que la compasión hacia los malvados puede volverse en crueldad para los justos, y que la desobediencia a la palabra del profeta conlleva una severa pena divina.
Aquí le sucedió tal como le había ocurrido anteriormente en el capítulo 13:21 a aquel profeta que había transgredido su propia palabra.
y dijo al hombre de Dios que vino de Yehudá, diciendo: Así dice el Señor: "Porque te has rebelado contra la palabra del Señor, y no has guardado el mandamiento que el Señor tu Dios te ha ordenado…, tu cadáver no entrará en el sepulcro de tus padres. Y sucedió que después de haber comido pan y de haber bebido agua …, Partió, y un león lo encontró en el camino y lo mató...
1 Reyes 20 Versículo 37
Rashí define la herida como un golpe que deja un moretón y tal vez sangrado, indicando que la herida fue visible y significativa.
Daat Mikrá observa que esta vez no se trata de uno de los hijos de los profetas. Tampoco aquí le dice que es por orden de Dios.
Como se apreciará en los versículos siguientes, el profeta lleva a cabo todo este elaborado acto, permitiendo que lo hieran y presentándose ante el rey con heridas visibles, con un objetivo muy preciso: captar la atención de Ajab y provocar su empatía y curiosidad.
1 Reyes 20 Versículo 38
El profeta, después de haber sido herido, se preparó para encontrarse con el rey Ajab.
Rashí explica que el profeta cambió su ropa y se puso otras prendas para aparentar ser otra persona, y por eso lo llama “disfraz”, ya que se trata de un cambio de vestimenta con el objetivo de no ser reconocido. Además, los profetas solían ser identificados fácilmente por su vestimenta característica, pero en este caso, el profeta cubrió también sus ojos con un pañuelo o sudario, lo que hacía imposible que el rey Ajab pudiera reconocerlo. Así, el profeta se aseguró de ocultar completamente su identidad antes de presentarse ante el rey.
Radak agrega que se cubrió los ojos con un pañuelo, de modo que el rey no pudiera identificarlo.
Así, el profeta se situó estratégicamente en el trayecto del rey, completamente disfrazado, con el propósito de transmitirle un mensaje sin que Ajab supiera de quién se trataba ni sospechara la verdadera intención de su encuentro
1 Reyes 20 Versículo 39
Cuando el rey Ajav pasó por el camino, el profeta disfrazado le gritó, presentando una historia que, según Malbim, no inventó una historia ficticia, sino que eran cosas que realmente ocurrieron, porque el profeta también estuvo en la guerra, y los hombres de guerra de Dios le trajeron a un hombre, que es Ben-Hadad, que Dios entregó a todo Israel y el profeta estaba entre ellos para custodiarlo.
El mensaje era claro: si el prisionero llegaba a escaparse o desaparecía bajo su vigilancia, él sería responsable de su vida, debiendo pagar con su propia vida o con una suma de dinero muy elevada, mucho mayor que el valor de un esclavo común. Malbim explica que este prisionero simbolizaba a Ben-Hadad, el rey de Aram, a quien Dios había entregado en manos del pueblo de Israel y que el profeta, junto con el pueblo, tenía la responsabilidad de custodiar.
Malbim añade que la advertencia sobre el castigo —ya sea con la vida o con una fuerte pérdida económica— aludía a las consecuencias reales que vendrían: por un lado, la muerte de Ajab y el castigo físico, la herida que recibió el profeta, y por otro, el saqueo y las pérdidas materiales que sufriría Israel a manos del ejército arameo. Así, la parábola del profeta no solo era una lección moral, sino también un reflejo de la realidad que enfrentaría Ajab por no cumplir con la misión que Dios le había encomendado: eliminar a Ben-Hadad y no dejarlo escapar
1 Reyes 20 Versículo 40
Cuando Ajab escucha el relato, responde: “Así es tu sentencia; tú mismo la has pronunciado”. Metzudat David y Rashí señalan que esto significa que el profeta, al aceptar las condiciones y admitir su falla, se hizo responsable de la pena, ya sea la muerte o el pago del talento de plata. Ralbag y Radak subrayan que Ajab le recuerda al profeta que él mismo dictó su destino al aceptar la responsabilidad y no cumplirla.
Finalmente, Abarbanel (en el contexto general) interpreta que toda la escena es una parábola dirigida a Ajab: así como el profeta asumió una responsabilidad y falló, mereciendo el castigo, también Ajab, que debía eliminar a Ben-Hadad y no lo hizo, será juzgado por su propia sentencia.
En conjunto, los comentaristas muestran que el rey, al juzgar el caso presentado, en realidad está dictando su propio veredicto, ya que la historia es una alegoría de su propia falta y su consecuencia.
La pedagogía divina, tal como se manifiesta a través de los profetas, revela una profunda comprensión de la psicología humana y de los mecanismos más efectivos para provocar una auténtica reflexión y arrepentimiento. Dios, en lugar de confrontar directamente al individuo con su falta, aunque Él conoce perfectamente la verdad de los hechos y la culpabilidad de aquel individuo, de todas formas, opta por un enfoque indirecto y didáctico. Mediante parábolas o relatos figurados, el profeta coloca al destinatario en el rol de juez externo, permitiéndole analizar la situación sin sentirse personalmente aludido ni amenazado.
Este método tiene un efecto notable: al no estar a la defensiva, la persona puede evaluar el caso con objetividad y emitir un juicio imparcial. Solo después de haber dictado la sentencia, se le revela que, en realidad, ha juzgado su propio proceder. De este modo, el reconocimiento del error y la aceptación de la responsabilidad surgen de una autocrítica genuina, no de la presión externa ni del miedo a la reprensión.
El episodio de Ajab y el profeta es un ejemplo paradigmático de esta estrategia. El profeta, disfrazado y mediante una historia aparentemente ajena, logra que el rey dicte una sentencia justa, sin sospechar que se refiere a sí mismo, y así, cuando se le muestra la verdadera aplicación del caso, Ajab queda moral y lógicamente obligado a aceptar el veredicto. Esta misma técnica fue empleada por el profeta Natán al reprender al rey David tras el episodio con Bat-Sheba: Natán le relató la parábola del corderito del hombre pobre y la injusticia cometida por el hombre rico (Shmuel II 12:1-7), logrando que David, al juzgar la situación, reconociera espontáneamente la gravedad de su propio acto.
Esta pedagogía no solo busca la corrección de la conducta, sino que promueve una transformación interna, basada en la comprensión y la asunción de responsabilidad. Es un modelo de enseñanza ética que trasciende el contexto bíblico y sigue vigente como ejemplo de cómo guiar a otros hacia el reconocimiento de sus errores y el crecimiento personal
1 Reyes 20 Versículo 41
El rey había caído en la redada, de este modo, el profeta logra que el rey escuche atentamente su relato y, sin sospechar que se trata de una parábola alusiva a su propia conducta, emita un juicio sobre la situación presentada.
Al quitarse la venda de sobre sus ojos, el profeta no solo se deja descubrir por Ajab, sino que también esta acción refleja una situación interna para el rey: se ha quitado la venda de sus propios ojos y ahora se le han abierto y ha podido ver su propio error y pecado.
Así, el profeta, que hasta entonces había sido un simple “soldado” anónimo a los ojos del rey, se revela como mensajero de Dios. El impacto de esta revelación es doble: por un lado, Ajab comprende que ha sido parte de una lección divina cuidadosamente orquestada; por otro, se da cuenta de que la sentencia que acaba de pronunciar recae ahora sobre él mismo, en cumplimiento de la voluntad de Dios y de la justicia profética
1 Reyes 20 Versículo 42
El profeta transmite al rey Ajab el mensaje de Dios, que es una sentencia clara y definitiva: debido a que Ajab dejó escapar a Ben-Hadad, quien estaba bajo la categoría de “anatema”, es decir, alguien destinado a la destrucción total por mandato divino. De esta forma, tal como en la parábola que le había planteado antes, su propia vida será tomada en lugar de la de Ben-Hadad, y su pueblo sufrirá en lugar del pueblo enemigo.
Daat Mikrá añade que la muerte de Ajab será causada por manos humanas, es decir, no será una muerte natural, sino que será truncada antes de su momento natural, resultado de la acción de otros hombres. En cuanto al pueblo, Daat Mikrá señala que también comparte la responsabilidad por lo sucedido, ya que debieron haber advertido al rey sobre su error y no permitirle actuar de esa manera. Es probable que el pacto que Ajab hizo con Ben-Hadad se realizara en presencia de los ministros y representantes del pueblo, lo que implica que hubo una aquiescencia colectiva y, por tanto, una corresponsabilidad en la falta cometida.
Malbim coincide en que esta orden expresa la justicia divina estricta: la misericordia humana que llevó a Ajab a perdonar a Ben-Hadad no es aceptable cuando contradice el mandato de Dios. Por lo tanto, la consecuencia es que Ajab y su pueblo pagarán el precio de esa desobediencia.
1 Reyes 20 Versículo 43
Tras escuchar la dura sentencia del profeta, el rey Ajab regresa a su casa profundamente perturbado y enfadado. Ralbag destaca que su estado de ánimo cambió radicalmente: pasó de la euforia de la victoria a la angustia y el enojo, al comprender que su triunfo no fue fruto de su propio mérito, sino un regalo divino que él malgastó al perdonar a Ben-Hadad, el enemigo de Israel.
El motivo de su tristeza y enojo es doble: por un lado, la severidad del decreto, y por otro, la amarga conciencia de que él mismo había reconocido la justicia de esa sentencia.
Metzudat David explica que Ajab se dirigió primero a su residencia fuera del campo de batalla y, desde allí, continuó hasta Shomrón, la capital, donde debía enfrentar las consecuencias de su error.
Metzudat Tzión y Radak analizan el lenguaje: “triste” indica la pérdida de ánimo y voluntad, mientras que “enojado” expresa una ira interna y profunda aflicción.
Don Isaac Abarbanel añade que Ajab, al ver que las palabras del profeta se cumplieron para bien, temió que también se cumplirían para mal, lo que aumentó su preocupación y lo llevó a aislarse, alejado de la alegría y la compañía de los demás.
En conjunto, los comentaristas muestran que Ajab no solo fue reprendido, sino que quedó emocionalmente devastado, consciente de que había perdido el favor divino y que su propio juicio lo condenaba. Su tristeza y enojo reflejan tanto el dolor por el castigo inminente como la impotencia ante una sentencia que él mismo, sin saberlo, había dictado.